miércoles, 9 de septiembre de 2026

Épila Bajo Tierra: La Historia de una Villa excavada en sus Cabezos


De las primeras cuevas documentadas del siglo XIX a las 755 viviendas-cueva de los años sesenta. Hay una parte de la historia de Épila que no se levantó con ladrillos ni sillares. Se excavó en la tierra.

Durante generaciones, centenares de familias epilenses vivieron literalmente dentro de los cabezos que rodean nuestro pueblo. Allí nacieron niños, se formaron familias, se trabajó, se pasó frío, hambre y calor, se celebraron fiestas, se hicieron rondas y bailes y transcurrió la vida cotidiana de una parte importantísima de la población. Hoy contemplamos aquellos cabezos y resulta difícil imaginar su aspecto hace apenas unas décadas.
Donde ahora vemos laderas, restos de antiguas entradas o zonas profundamente transformadas, hubo calles de cuevas encaladas, puertas, ventanas, chimeneas, corrales y familias enteras viviendo unas junto a otras. No fueron cuatro cuevas aisladas. Épila llegó a tener prácticamente otro pueblo excavado bajo tierra.
Tambien se vieron familias vivir la extrema pobreza como en la zona de los cabezos llamado el "Raboso". Tambien existía clases entre los propios cabezos, unos no querían juntarse con otros, eran como diferentes "Épilas" como la azucarera, el centro del pueblo, los cabezos y el raboso...

LAS CUEVAS YA ESTABAN AQUÍ HACE DOS SIGLOS

La documentación histórica permite retroceder mucho más allá del siglo XX. Los documentos recopilados sobre Épila indican que la construcción de cuevas era ya abundante durante las primeras décadas del siglo XIX. Y desde 1841 conservamos peticiones extraordinariamente explícitas dirigidas al Ayuntamiento por vecinos que solicitaban terreno para excavar su propia vivienda.

El 21 de febrero de aquel año, Vicente Romero y Francisco Martínez solicitaron permiso para realizar unas cuevas en la subida del Castillo. El motivo no dejaba lugar a dudas: eran cuevas para vivir.

Ese mismo año, Francisco Martínez, que explicaba encontrarse sin trabajo continuado en su oficio de sastre, pretendió abrir otra cueva para habitación en la zona del Castillo. Incluso estos trabajos estaban sometidos al control municipal: su solicitud terminó siendo denegada y se le advirtió de una multa si continuaba excavando.

Dos años después, en 1843, Luis Moreno solicitaba catorce varas para construir una cueva destinada a vivienda. También Francisco Ibáñez pidió permiso para abrir la suya en el Castillo, hacia Capuchinos. En 1844, Santos Alambra solicitó doce varas de terreno para hacer una casa-cueva y explicaba que aprovecharía para trabajar en ella aquellos días de invierno en los que no tuviera jornal u otra ocupación.

Ese pequeño detalle es probablemente uno de los que mejor permiten comprender aquella realidad. Muchas viviendas se construían literalmente con el trabajo de quienes necesitaban un techo.

JORNALEROS QUE EXCAVABAN SU PROPIA CASA

Las solicitudes se multiplican durante los años siguientes. Aparecen nombres, oficios y lugares que nos permiten reconstruir sobre el papel aquel otro Épila: Castillo, Matalambre, Nevería, Calvario, Capuchinos, Pilón de la Salve, Balconcillo, Santa Ana, el tendedor de Paños, Ferruchiches...

En numerosos documentos aparece además una palabra que ayuda a comprender el origen social de muchas de aquellas viviendas: jornalero.
Mariano Martínez solicitaba en 1846 terreno en Matalambre para construir una cueva. Antonio Larena hacía algo semejante junto al Balconcillo. Francisco Remiro pedía terreno entre la Nevería y el tendedor de Paños. En 1858, Ignacio Remiro, casado y jornalero, solicitaba dieciséis varas detrás del Calvario para excavar una cueva.

Uno de los documentos más reveladores es el de Jerónimo Martínez Romero, fechado en enero de 1849.
Era jornalero y quería construir una cueva sobre la calle Santa Ana. Explicaba que deseaba emplearse él mismo en hacerla y ocupar también en aquellos trabajos a algunos de sus hijos. Pero añadía algo todavía más interesante: en aquella calle ya existían otras cuevas realizadas muchos años antes y que formaban parte de la población. Es decir, ni siquiera en 1849 aquellas viviendas eran una novedad.

Otro documento proporciona una pista todavía anterior. En marzo de 1846, Francisco García Zaguerri declaraba que poseía en el Castillo una cueva en la que habitaba desde hacía más de veinte años, y solicitaba permiso para proporcionar luz y ventilación a uno de sus cuartos. Por tanto, el hábitat en cuevas estaba plenamente arraigado en Épila mucho antes de mediados del siglo XIX.

NO TODO ERAN VIVIENDAS: TAMBIÉN BODEGAS

Los mismos cabezos fueron utilizados para excavar numerosas bodegas. La documentación menciona bodegas vinarias en la Nevería, el Calvario, Capuchinos, el Pilón de la Salve y otros puntos.
En algunos casos resulta incluso difícil separar ambas funciones, porque aparecen referencias a cuevas, casas-cueva, bodegas y bodegas-vivienda.
La tierra proporcionaba espacio para vivir, pero también unas condiciones especialmente adecuadas para conservar productos y vino.
Y esa combinación explica en buena medida por qué los cabezos terminaron formando parte inseparable del paisaje urbano y económico de Épila.

CINCO CABEZOS Y CENTENARES DE CASAS

Con el paso de las décadas, aquello adquirió unas dimensiones extraordinarias. Las fuentes recopiladas citan a Pierre Loubes, quien refiere la existencia de aproximadamente 750 cuevas utilizadas como vivienda, distribuidas entre cinco cabezos y habitadas por unas 2.500 personas.
Una información de prensa de septiembre de 1966 manejaba cifras prácticamente idénticas: alrededor de 755 cuevas y unas 2.500 personas, aproximadamente la mitad de la población de Épila.

Aquellas viviendas se distribuían por los cabezos del Castillo, Manolín, Paños, Ballesteros y Calvario. Algunas disponían de tres, cuatro e incluso cinco habitaciones. Las fachadas aparecían encaladas y la prensa de la época destacaba una de las ventajas naturales de estas construcciones: una temperatura interior mucho más estable, fresca durante el verano y templada durante el invierno. Según aquella información, tenían electricidad y algunas disponían incluso de agua corriente y televisión.

Las casas-cueva tampoco eran exclusivas de Épila. Existieron en otras localidades de la ribera del Jalón.
Lo excepcional en Épila fue la enorme dimensión que alcanzó este modelo de vivienda. Y eso convirtió nuestros cabezos en algo verdaderamente singular.
                                                          Fotografía aérea de Épila de 1956.

1952: UNA FOTÓGRAFA ALEMANA RETRATA AQUELLA ÉPILA

Hay documentos que cuentan la historia y fotografías que consiguen que casi podamos entrar en ella. En 1952, la fotógrafa alemana Erika Groth-Schmachtenberger pasó por Épila durante uno de sus viajes por España y fotografió la vida de sus habitantes en los cabezos. Sus imágenes son hoy un documento etnográfico extraordinario. No fotografió restos ni cuevas abandonadas. Fotografió hogares habitados.

Hombres, mujeres y niños aparecen delante de las entradas de sus viviendas. La propia descripción asociada a una de aquellas fotografías presentaba a Épila al observador extranjero como un pueblo extraordinariamente caracterizado por sus casas-cueva y por sus vecinos sentados ante sus puertas.

Esas fotografías poseen hoy un valor difícil de calcular porque nos permiten poner rostros a lo que, de otro modo, serían únicamente cifras. Las 750 cuevas dejan entonces de ser 750 números. Eran 750 hogares.
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EN LOS CABEZOS TAMBIÉN SE BAILABA

Y probablemente aquí aparezca una de las partes más bonitas de esta historia. Sería un error explicar las cuevas únicamente desde la pobreza o la necesidad. Aquellos lugares también tuvieron su propia vida social.

Los recuerdos recopilados sobre el Cabezo Manolín y el Cabezo Ballesteros nos transportan a los años cincuenta, cuando músicos del pueblo recorrían los cabezos con guitarras, bandurria y laúd.

Mariano Monteagudo tocaba la bandurria; Mariano Calvo, conocido como Chimillas, la guitarra; José Sola Inaga cantaba y tocaba; Adolfo Colás llevaba también guitarra y Aurelio tocaba el laúd.

Organizaban rondas por los cabezos y, varias veces al mes, después llegaba el baile. Se recuerdan particularmente la era La Brisa y la era El Gordo, en Ballesteros. Allí estaba la gente. Allí había música.

Allí había vecinos que se conocían, trabajaban juntos y compartían sus momentos de diversión.

Parte de aquella población humilde obtenía además algún sustento fabricando sogueta con el esparto recogido en los alrededores de Épila.

Por eso, cuando hoy miramos un cabezo, deberíamos intentar realizar un pequeño ejercicio de imaginación: donde hoy vemos monte, ellos veían barrio.

EL CASTILLO, SUS CUEVAS Y UNA CRUZ SOBRE EL PUEBLO

El Cabezo del Castillo ocupa, además, un lugar especial dentro de esta historia. No solamente concentró numerosas viviendas excavadas. Sobre él se encuentra uno de los símbolos más reconocibles del paisaje de Épila.

El 26 de diciembre de 1899, la Junta General del Casino de la Amistad acordó aportar 25 pesetas para adquirir una cruz con motivo de la llegada del nuevo siglo.
El 1 de enero de 1901 se instaló en lo alto del Castillo aquella cruz de hierro dedicada a Cristo Redentor.
En ese mismo lugar, antiguas fotografías aéreas y observaciones recogidas por vecinos han señalado posibles escalones muy erosionados y antiguas hiladas de sillares o huecos asociados a la plataforma donde habría estado el Castillo. Son referencias que deben tratarse como indicios y testimonios, no como una identificación arqueológica demostrada, pero que refuerzan la necesidad de estudiar adecuadamente todo este conjunto. Cuevas, antiguo Castillo, Cruz y cabezos forman así distintas capas de un mismo paisaje histórico.

1965-1966: EL PRINCIPIO DEL FINAL

A mediados del siglo XX, aquella forma de vida comenzó a desaparecer rápidamente. Y aquí debemos hacer una aclaración importante porque las distintas fuentes conservadas ofrecen cifras diferentes.
Una de las recopilaciones sobre 1965 habla de aproximadamente 800 vecinos viviendo entre los cinco cabezos y de la construcción de 185 viviendas con el propósito de sacar de ellos al mayor número posible de familias.
Sin embargo, la información periodística publicada en septiembre de 1966 hablaba todavía de unas 755 cuevas y alrededor de 2.500 habitantes.
La diferencia es demasiado importante como para ocultarla o intentar forzar una explicación que no tenemos.
Probablemente estamos ante fuentes, criterios de recuento o momentos diferentes. Por ello, desde el punto de vista histórico, lo correcto es mantener ambas cifras atribuidas a sus respectivas fuentes hasta que nueva documentación permita aclarar completamente la cuestión.
Lo que sí resulta indiscutible es la enorme dimensión del fenómeno y que durante aquellos años se aceleró la transformación urbana de Épila.

CUANDO ÉPILA SALIÓ DE LOS CABEZOS

La construcción de nuevas viviendas fue cambiando progresivamente el pueblo.
La primera gran expansión del siglo XX, al margen de la particular barriada de la Azucarera, había comenzado ya a mediados de los años cuarenta en torno a avenida de Rodanas, San Frontonio y San José, bajo proyecto del arquitecto Lorenzo Monclús Ramírez. Aquella actuación tuvo además una importancia urbanística enorme: suponía rebasar la acequia de la Hermandad y comenzar a extender Épila hacia terrenos de huerta. Después llegarían nuevas promociones.

En mayo de 1966 ya estaba habitada Santa Rita, mientras Gil Sastre y La Batalla continuaban en construcción o terminación. Posteriormente se levantarían otras viviendas en torno a plaza Infante Felipe, Fueros de Aragón, Doctor Bayo o Galán Bergua. Varias de estas promociones fueron impulsadas mediante cooperativas constituidas por vecinos de Épila. Pero hay otro matiz fundamental.

La historia real fue más compleja que simplemente construir 185 casas y trasladar allí a los habitantes de las cuevas.
Manuel Ballarín Aured recordaba que, pese a lo afirmado por una información periodística de 1966, poca gente procedente directamente de las cuevas terminó viviendo en la barriada que supuestamente debía sustituirlas, construida sobre el antiguo solar del convento de agustinos. Aquella noticia fue polémica y apareció también publicada en el semanario SP.

Por eso sería demasiado sencillo decir que un día Épila cerró las cuevas y sus habitantes recibieron una casa nueva. No ocurrió así. Fue un proceso gradual, complejo y desarrollado durante años.

DE PROBLEMA DE VIVIENDA A PATRIMONIO

Aquí aparece una de las paradojas más interesantes de toda esta historia. Durante buena parte del siglo XX, abandonar las cuevas significaba progreso.
Muchas estaban relacionadas con pobreza, falta de vivienda y profundas diferencias sociales. Las nuevas casas suponían mejores condiciones y un cambio de vida que aquellas familias deseaban y necesitaban.
No debemos, por tanto, idealizar la pobreza ni convertir la necesidad en una postal romántica.
Pero tampoco debemos cometer el error contrario y considerar que, porque aquellas viviendas fueron abandonadas, carecen hoy de valor. Sesenta años después, las cuevas tienen otro significado. Son arquitectura popular. Son patrimonio etnográfico. Son historia social.

Son la huella de cómo varias generaciones de epilenses fueron capaces de excavar una vivienda en la propia montaña, adaptarla, encalarla, ampliarla y convertirla en hogar. Y son, sobre todo, memoria de personas.

¿..QUÉ QUEDA HOY DE AQUELLA ÉPILA..?

Quedan los cabezos. Quedan algunas cuevas. Quedan fotografías. Quedan documentos municipales. Quedan noticias de prensa. Quedan nombres y apellidos.

Y, afortunadamente, todavía quedan personas capaces de recordar aquella vida o de transmitir lo que les contaron sus padres y abuelos. Pero el tiempo corre.

Muchas cuevas han desaparecido, otras han quedado sepultadas, transformadas o deterioradas y cada año resulta más difícil reconocer sobre el terreno aquel paisaje que contemplaban los epilenses de 1840, 1952 o 1966. Por eso quizá haya llegado el momento de afrontar este patrimonio de otra manera.

Antes de intervenir habría que inventariar, localizar, fotografiar, medir y documentar lo que todavía exista; recoger testimonios de antiguos moradores y familiares; identificar fotografías históricas y repetirlas desde el mismo lugar; estudiar cuáles pueden conservarse con seguridad y reconstruir sobre planos cómo estuvieron organizados aquellos barrios. Después podría plantearse algo verdaderamente singular:

Una Ruta Histórica de las Cuevas y los Cabezos de Épila.

Una casa-cueva conservada y ambientada.

Fotografías de sus antiguos habitantes.

Utensilios.

Paneles explicativos.

Testimonios sonoros.

Imágenes de 1952 enfrentadas al paisaje actual.

La historia de quienes las excavaron.

La música y las rondas de los años cincuenta.

El paso desde los cabezos hacia las nuevas barriadas.

Y un recorrido que pudiera culminar en la Cruz del Castillo, contemplando desde arriba el pueblo que terminó creciendo a los pies de aquellas antiguas viviendas.

ÉPILA NO NECESITA INVENTARSE ESTA HISTORIA

Quizá este sea el aspecto más importante. Hay municipios que buscan desesperadamente un elemento que los diferencie. Épila ya lo tiene.
Durante generaciones, una parte extraordinariamente importante de nuestro pueblo vivió dentro de sus montes.

En 1841 encontramos a vecinos solicitando permiso para excavar una vivienda.

En 1846 uno de ellos afirmaba llevar más de veinte años viviendo en una cueva.

En 1849 se decía oficialmente que algunas llevaban ya muchos años construidas.

En 1901 la Cruz se alzaba sobre uno de aquellos cabezos.

En 1952 una fotógrafa alemana retrataba a sus habitantes delante de sus puertas.

En los años cincuenta todavía había rondas y bailes por Manolín y Ballesteros.

Y en los años sesenta, mientras Épila comenzaba a extenderse hacia nuevas barriadas, centenares —y según algunas fuentes, miles— de epilenses continuaban viviendo en aquellas casas excavadas.

No necesitamos adornarlo. La historia ya es extraordinaria por sí misma. Quizá durante demasiado tiempo hemos pasado junto a los cabezos viendo solamente tierra. Pero debajo de esa tierra hubo habitaciones. Dentro de aquellas habitaciones hubo familias.

Y alrededor de aquellas familias hubo una sociedad, unas costumbres y una forma de vida que forman parte inseparable de la historia contemporánea de Épila. Porque las cuevas fueron primero necesidad.

Después fueron hogar. Hoy son historia.

Y si sabemos conservarlas y contarlas, mañana también pueden ser patrimonio, cultura y una de las señas de identidad más singulares de Épila. Donde nosotros vemos hoy un cabezo, generaciones de epilenses vieron su casa, su calle y su barrio. Y quizá esa sea la mejor manera de empezar a mirar nuevamente nuestras cuevas.


A todo ello hay que añadir un dato que demuestra que el problema de la vivienda en Épila venía de mucho antes de 1966. Ya en 1942 aparece documentado oficialmente un proyecto para construir 96 viviendas protegidas en la localidad, promovido por el Ayuntamiento y aprobado por el Instituto Nacional de la Vivienda. Es decir, décadas antes de aquella gran transformación urbana ya existía una preocupación pública por mejorar las condiciones habitacionales de numerosas familias.
También resulta especialmente interesante la descripción que algunas fuentes de 1966 hicieron de las cuevas de Épila. Se hablaba entonces de alrededor de 755 cuevas, unas 700 familias y aproximadamente 2.500 personas viviendo en ellas, una cifra que habría representado cerca de la mitad de la población del municipio. Algunas tenían tres, cuatro o cinco habitaciones, fachadas encaladas y electricidad, e incluso determinadas viviendas disponían ya de agua corriente o televisión.
La importancia del fenómeno era tal que la ribera del Jalón llegó a ser descrita en aquella documentación como “la ruta de las cuevas en Aragón”, destacándose además que en ninguna de aquellas localidades este tipo de vivienda alcanzaba la proporción existente en Épila.
Otro detalle poco conocido es que, tras el abandono progresivo de muchas cuevas, se llegó a plantear la plantación de pinos en los terrenos anteriormente ocupados por ellas, dentro de la profunda transformación que se pretendía realizar en los cabezos.
Pero la historia de las cuevas tampoco terminó con las viviendas construidas en 1966. En 2002, más de tres décadas después, el Gobierno de Aragón y el Ayuntamiento de Épila firmaron un convenio destinado a la rehabilitación de quince viviendas-cueva, con una inversión de 90.150 euros, actuándose en zonas como los cabezos del Calvario, Paños, Castillo, Manolín y Ballesteros, además de la calle Condesa.
Este dato resulta especialmente significativo: mientras una parte de las cuevas había desaparecido o dejado de utilizarse como vivienda, otras continuaban formando parte de la realidad urbana de Épila ya entrado el siglo XXI.
Por eso, la historia de las cuevas de Épila no puede limitarse únicamente al abandono de este tipo de vivienda en los años sesenta. Es una historia mucho más larga, que atraviesa buena parte del siglo XX y llega hasta nuestros días: primero como solución habitacional para cientos de familias, después como problema social y urbanístico y, finalmente, como un patrimonio histórico que merece ser documentado, estudiado y conservado.
Lo que durante generaciones fue simplemente el hogar de cientos de epilenses es hoy también una parte irrepetible de la historia y del paisaje de Épila.

jueves, 18 de junio de 2026

Café-Cine-Teatro-Cantante, Ambos Mundos de Épila.

🎬 Ambos Mundos: cuando Épila soñaba con la modernidad.
Hubo un tiempo en que las noches de Épila se iluminaban con el resplandor de una pantalla de cine, el sonido de una orquesta o el bullicio de un baile de carnaval. Un tiempo en el que nuestro pueblo, lejos de permanecer aislado, miraba con ilusión hacia la modernidad que recorría España. Uno de los mejores símbolos de aquella época fue, sin duda, el Cine-Teatro Ambos Mundos.
Según recoge Manuel Ballarín Aured en su obra Un paso adelante, cien atrás. Épila, 1931-1939, el Ambos Mundos abrió sus puertas en 1932, en la calle Condesa, impulsado por el emprendedor Épilense Pedro Giménez Lorente. Su llegada supuso un auténtico revulsivo cultural para la Villa, que hasta entonces contaba principalmente con el Cine-Teatro Principal como gran espacio de espectáculos.
Su propio nombre ya era toda una declaración de intenciones. "Ambos Mundos" evocaba modernidad, cosmopolitismo y un aire de gran ciudad. En aquellos años muchos negocios buscaban nombres que sonaran modernos y elegantes, reflejando una sociedad que quería avanzar y abrirse al futuro.
Pero el Ambos Mundos fue mucho más que un cine.
Sus paredes acogieron proyecciones cinematográficas, representaciones teatrales, espectáculos de varietés, funciones de zarzuela y numerosos actos festivos. Durante las fiestas patronales y el carnaval se convertía en uno de los centros neurálgicos de la diversión Épilense, rivalizando directamente con otros espacios de ocio de la localidad.
Las crónicas periodísticas de la época describen una Épila sorprendentemente dinámica. Los bailes se sucedían, las calles se llenaban de máscaras durante el carnaval y los locales rebosaban actividad. El Ambos Mundos era uno de esos lugares donde los vecinos se encontraban, conversaban, reían y compartían momentos que terminarían formando parte de la memoria colectiva del pueblo.
Situado en una de las zonas más concurridas de la localidad, cerca del entorno de las Cuatro Esquinas, formaba parte de un auténtico corredor de ocio y encuentro social. Allí acudían agricultores, obreros, comerciantes, jóvenes y familias enteras para disfrutar de una oferta cultural que hoy podría sorprender a muchos.
Lo que quizá más sorprenda al lector actual es comprobar que la Épila de los años treinta estaba mucho más conectada con las corrientes culturales de su tiempo de lo que solemos imaginar. El Ambos Mundos no era únicamente un cine o un teatro: era un escaparate de novedades, modas y formas de ocio que llegaban desde Zaragoza, Madrid o Barcelona.
Y no todas estaban exentas de polémica.
El propio libro menciona que algunos establecimientos de ocio de la época fueron objeto de comentarios y escándalos por ofrecer espectáculos considerados atrevidos para aquellos años. Se habla incluso de sesiones de strip-tease y de proyecciones que causaron revuelo entre los sectores más conservadores de la sociedad local. Lo que hoy podría parecernos algo anecdótico, hace casi un siglo daba mucho que hablar en las tertulias de las esquinas, los cafés y los casinos.
No resulta difícil imaginar a más de un joven Épilense buscando cualquier excusa para acercarse al Ambos Mundos cuando se anunciaba alguna novedad. Ni tampoco imaginar a más de un padre o una madre frunciendo el ceño ante aquellas costumbres modernas que parecían llegar a la villa desde las grandes ciudades.
Porque el Ambos Mundos era también eso: un punto de encuentro entre dos formas de entender la vida. La tradición convivía con la modernidad. Mientras unos acudían para ver una película, escuchar una zarzuela o asistir a una representación teatral, otros buscaban la emoción de descubrir aquello que rompía con las costumbres de siempre.
Durante los carnavales, además, el local cobraba una vida especial. Las máscaras ocultaban identidades, los bailes se prolongaban hasta altas horas de la madrugada y las orquestas ponían banda sonora a una de las fiestas más esperadas del año. Entre valses, pasodobles y alguna mirada furtiva, seguro que nacieron amistades, noviazgos e historias que nunca quedaron reflejadas en los periódicos, pero sí en la memoria de quienes las vivieron.
En una época sin televisión, sin internet y sin teléfonos móviles, lugares como el Ambos Mundos cumplían una función mucho más importante de la que hoy podríamos imaginar. Eran lugares para reunirse, divertirse, conocer gente, enamorarse y sentirse parte de una comunidad.
Resulta difícil imaginar hoy la emoción que suponía asistir a una de aquellas sesiones cinematográficas. Para muchos vecinos era la única oportunidad de asomarse a otros lugares del mundo, contemplar ciudades lejanas, escuchar nuevas músicas o descubrir historias que despertaban la imaginación.
Por eso el Ambos Mundos fue mucho más que un edificio. Fue un símbolo de una época, un referente cultural para varias generaciones y una muestra de que la vida social de la Épila de los años treinta era mucho más rica, moderna y vibrante de lo que a menudo pensamos.
Hoy apenas quedan recuerdos materiales de aquel lugar, pero las páginas de la historia nos permiten devolverle el protagonismo que tuvo y recordar que, mucho antes de las redes sociales, las plataformas digitales o los centros comerciales, los epilenses ya tenían su propia ventana al mundo.
Y esa ventana se llamaba Ambos Mundos.
📜 Basado en la obra de Manuel Ballarín Aured, "Un paso adelante, cien atrás. Épila, 1931-1939", y en las crónicas de prensa de la época recopiladas por el autor
La Voz de Aragón: diario gráfico independiente: Año XI, Número 2906 - Viernes 22 de Marzo de 1935 (1935-03-22) -

miércoles, 20 de mayo de 2026

Piedra Singular en Épila

En uno de los laterales de la escalinata de acceso a la iglesia de Santa María la Mayor de Épila se conserva una piedra singular que, pese a pasar prácticamente desapercibida para la mayoría de las personas, podría esconder tras de sí siglos de historia acumulada.

La pieza destaca inmediatamente sobre el resto del muro por varios motivos. Su tonalidad oscura contrasta fuertemente con los sillares y mampuestos claros que la rodean, mientras que su textura, tamaño y formas parecen responder a un origen diferente al resto del conjunto constructivo. Sobre su superficie pueden apreciarse varias hendiduras y marcas lineales profundamente erosionadas que forman trazos diagonales convergentes, visibles todavía pese al desgaste producido por el paso del tiempo.

La nueva perspectiva del entorno permite observar que la piedra se encuentra incrustada dentro de un muro de contención lateral de la escalinata, construido mediante reutilización de materiales diversos, algo extremadamente frecuente en Aragón durante siglos. En muchas obras medievales y modernas se reaprovechaban piedras procedentes de edificios anteriores, antiguas construcciones desaparecidas, murallas, viviendas derruidas, estructuras defensivas o incluso restos romanos e islámicos.

Este fenómeno de reutilización arquitectónica, conocido históricamente como “spolia”, era habitual tanto por economía como por practicidad. En pueblos con una continuidad histórica tan prolongada como Épila, donde convivieron etapas romanas, islámicas, mudéjares y cristianas, no resulta extraño que elementos de épocas anteriores acabaran incorporados a reformas posteriores.

La ubicación concreta de la piedra, junto a la iglesia parroquial, resulta especialmente sugerente. El entorno de Santa María la Mayor  o del Popólo constituye uno de los espacios históricamente más antiguos y transformados de la Villa. A lo largo de siglos, el templo fue ampliado, reformado y modificado en numerosas ocasiones, utilizando probablemente materiales existentes en el propio entorno urbano.

-Las marcas visibles sobre la superficie de la piedra podrían responder a varias interpretaciones:

-Antiguas marcas de cantería;

-Huellas de extracción o desbaste;

-Señales de ensamblaje;

-Erosiones funcionales;

-Ó incluso restos de grabados muy antiguos ya prácticamente perdidos por la erosión.
Sin un estudio arqueológico especializado sería imprudente afirmar que se trata de símbolos o petroglifos, aunque visualmente las líneas llaman poderosamente la atención por su aparente intencionalidad y geometría.

Otro aspecto importante es la propia naturaleza de la roca. Su color oscuro podría indicar una procedencia geológica diferente a la mayor parte de piedras utilizadas en el muro. Esto podría apuntar a que fue trasladada desde otro punto y reutilizada posteriormente en la construcción de la escalinata o de estructuras anteriores.

Este tipo de pequeños elementos son precisamente los que muchas veces conservan silenciosamente la memoria más antigua de los pueblos. Una simple piedra reutilizada puede haber pertenecido siglos atrás a otro edificio desaparecido, a una estructura defensiva, a una construcción medieval o incluso a algún elemento mucho más antiguo del pasado de Épila.

En demasiadas ocasiones el patrimonio histórico no desaparece únicamente por grandes derribos, sino también porque dejamos de mirar aquello cotidiano que lleva siglos delante de nosotros. Y quizá, en esa discreta piedra incrustada junto a las escaleras de la iglesia, permanezca todavía una pequeña huella de las muchas Épila que existieron antes de la actual.

sábado, 11 de abril de 2026

11 de Abril de 1713. Épila y el Tratado de Utrecht

Escudo erróneo en el cementerio de la Villa.

La villa de Épila ostenta los títulos de Excelentísima y Fidelísima debido a su histórica lealtad hacia la Corona española en momentos críticos de la historia de España.

Origen de los títulos Fidelísima Villa: Este título fue concedido por el rey Felipe V tras la Guerra de Sucesión. El monarca otorgó este honor —junto con un escudo de armas propio— como reconocimiento a la conducta de fidelidad que el pueblo de Épila mantuvo hacia su causa en un contexto de gran inestabilidad política.
Excelentísima Villa: Más tarde, el rey Alfonso XIII reforzó estos honores otorgándole el rango de Excelentísima en agradecimiento por la lealtad continuada del pueblo a la corona. Como gesto personal de afecto, Alfonso XIII llegó a donar al municipio todos los trajes que vistió desde su nacimiento hasta su muerte, los cuales se conservaron en el Palacio del Conde de Aranda.

Para entender por qué Felipe V fue tan generoso con Épila, hay que ponerse en el contexto de una España dividida. Durante la Guerra de Sucesión (1701-1713), el Reino de Aragón se posicionó mayoritariamente a favor del Archiduque Carlos de Austria. Sin embargo, Épila fue una de las pocas excepciones que se mantuvo firme al lado del candidato Borbón.

Aquí tienes los detalles clave de ese reconocimiento:

1. El valor de la "resistencia" en territorio enemigo
Al estar en pleno corazón de Aragón, la lealtad de Épila no fue fácil. El pueblo se negó a unirse a la causa austracista a pesar de la presión de las ciudades vecinas y de la nobleza aragonesa que apoyaba al Archiduque. Para Felipe V, tener un enclave fiel en una zona que le era hostil fue estratégicamente muy valioso.

2. La concesión del escudo y el Privilegio
Como premio, el rey no solo le dio el título de Fidelísima, sino que mediante un "Real Privilegio" le otorgó un escudo de armas que simboliza esa unión:Las barras de Aragón: Como signo de su identidad geográfica.
La flor de lis: El símbolo de la Casa de Borbón, colocada en el centro para dejar claro que Épila era "suya".
La corona real: Que remata el escudo, recordando que la villa dependía directamente del favor del monarca.

3. Exenciones y beneficios
En aquella época, ser nombrada "Fidelísima Villa" no era solo un adorno. Venía acompañado de ciertos privilegios económicos y administrativos. Esto permitía a la villa diferenciarse de los pueblos de alrededor que habían sido castigados con los Decretos de Nueva Planta, los cuales eliminaron los fueros aragoneses. Épila, al ser fiel, mantuvo un estatus de protección y favor real que ayudó a su prosperidad posterior.

4. El vínculo con el Conde de Aranda
No se puede olvidar que la familia nobiliaria de los Aranda (propietarios del palacio de la villa) era de las más influyentes de España y también se mantuvo leal a los Borbones. Esta alianza entre el pueblo y su señor local frente a la corona consolidó definitivamente el título.
Una de las anécdotas más curiosas y determinantes para que Épila consolidara su estatus de "Fidelísima" ocurrió durante la Guerra de Sucesión, concretamente en los momentos de mayor tensión en el Reino de Aragón.

El "Plantón" al Archiduque Carlos
Se cuenta que, mientras gran parte de las poblaciones aragonesas abrían sus puertas al Archiduque Carlos de Austria (el rival de Felipe V) y lo vitoreaban como su nuevo rey, Épila se mantuvo en una resistencia simbólica y política muy firme.
Cuando las tropas austracistas pasaban por la zona exigiendo sumisión y provisiones, los habitantes de Épila, alentados por la lealtad de la casa de los Condes de Aranda a los Borbones, no solo se negaron a colaborar voluntariamente, sino que mantuvieron las insignias de Felipe V a la vista.

¿Por qué fue tan relevante?
Para Felipe V, que estaba perdiendo el control de casi todo Aragón, que una villa tan estratégica (por su cercanía a Zaragoza y su importancia económica) se jugara el tipo permaneciendo fiel fue un gesto de valentía extrema.
Cuando las tropas borbónicas retomaron el control de la región tras la Batalla de Almansa, Felipe V no olvidó quiénes lo habían abandonado y quiénes se habían mantenido firmes. Mientras que a otras ciudades aragonesas les quitó sus fueros y privilegios como castigo, a Épila la premió con el título de Fidelísima y le permitió lucir la Flor de Lis (el símbolo de su familia, los Borbones) en el centro de su escudo.
Fue, literalmente, el premio por ser "la isla borbónica" en un mar de partidarios del bando austriaco.

El Tratado de Utrecht (1713) es la pieza final del puzzle que explica por qué Épila recibió sus honores. Este tratado puso fin a la Guerra de Sucesión Española a nivel internacional y reconoció oficialmente a Felipe V como Rey de España.

La relación directa con el título de la villa se resume en tres puntos clave:Legitimación del premio: Aunque Felipe V ya había ganado batallas decisivas en España (como la de Almansa en 1707), el Tratado de Utrecht fue el momento en que su reinado quedó blindado legalmente frente a Europa. Fue entonces cuando el monarca pudo dedicarse a reorganizar el país y recompensar oficialmente a los pocos lugares de Aragón, como Épila, que no le habían traicionado durante el conflicto.
Contraste con los Decretos de Nueva Planta: Mientras que el fin de la guerra trajo para la mayoría de Aragón la pérdida de sus fueros y leyes propias como castigo por apoyar al Archiduque Carlos (mediante los Decretos de Nueva Planta), Épila fue señalada como la excepción. El título de Fidelísima fue el mecanismo legal para que la villa mantuviera un estatus de privilegio y protección real en una región que, en su mayoría, había sido castigada.
La Paz de Utrecht y el nuevo Escudo: Con la paz garantizada por el tratado, Felipe V formalizó los honores heráldicos. La inclusión de la Flor de Lis borbónica en el escudo de Épila es la prueba física de que la villa fue considerada parte directa de la victoria personal del rey consolidada en Utrecht.
En resumen, si la guerra fue el examen, el Tratado de Utrecht fue el "diploma" que permitió a Felipe V repartir los premios de lealtad, convirtiendo a Épila en un referente de fidelidad borbónica en el Reino de Aragón.

El escudo de Épila es el testimonio visual de su lealtad durante la Guerra de Sucesión y la posterior firma del Tratado de Utrecht. Tras este conflicto, el escudo se transformó para reflejar el favor de la nueva dinastía reinante.

La transformación del Escudo
El escudo de armas actual de la villa es un escudo partido en pal (dividido verticalmente en dos mitades), que combina la historia local con los honores reales:Primer Cuartel (Izquierda): El honor Borbónico.En la parte superior (jefe) aparecen tres flores de lis de oro sobre un fondo azul (azur). Este es el cambio más significativo tras el Tratado de Utrecht, ya que la flor de lis es el símbolo de la Casa de Borbón. Felipe V las otorgó personalmente como premio a la fidelidad de la villa.
Debajo de las lises se encuentra una pila bautismal de oro sostenida por dos leones del mismo metal. Este elemento hace referencia al propio nombre de la villa ("É-pila") y a su tradición histórica.
Segundo Cuartel (Derecha): El linaje noble.Muestra los atributos de la familia Urrea (bandado de azur y plata), los antecesores de los Condes de Aranda. Esto recuerda el vínculo de la villa con la nobleza que también se mantuvo fiel al rey.


Significado tras Utrecht
La inclusión de estos elementos no fue meramente decorativa. Para un habitante de la época, ver el escudo de su villa con la flor de lis y timbrado con la corona real cerrada significaba que Épila gozaba de una protección directa del monarca frente a otras zonas de Aragón que habían perdido sus privilegios.
En definitiva, el escudo pasó de ser una simple identificación señorial a un estatus de distinción política avalado por el nuevo orden internacional que trajo la paz de Utrecht.

jueves, 9 de abril de 2026

Mojones y pastos en Épila

En los alrededores de Épila ya se quedaban a pasar el invierno muchos ganados trashumantes, desde antiguo. Consta que en 1584 el conde de Aranda arrienda ( y no por primera vez) a dos ganaderos de Agreda (Soria) las hierbas de la dehesa de camporroyo . 

10 Diciembre 1921

 Gracias a José Luis Hernández 

Esta es una de las anteriores ampliada. Éstas son las huelgas registradas oficialmente en 1920. Habrá que ver las de 1921...









domingo, 22 de febrero de 2026

Don Zaputero de Épila y su posible origen, Carnavales en Épila.

En el ámbito de las culturas festivas del valle medio del Ebro, y de forma particular en Aragón, las celebraciones de ciclo invernal han conservado elementos simbólicos cuya función trasciende la mera dimensión lúdica. Diversos estudios de historia cultural y antropología histórica han señalado que el Carnaval, lejos de constituir únicamente un espacio de inversión festiva, actúa como mecanismo ritual de señalamiento, purificación y renovación comunitaria. El caso del Carnaval de Épila resulta especialmente significativo dentro de este marco interpretativo (La referencia de “más de dos siglos” sitúa el carnaval Épilense antes de 1810 aproximadamente.)

La figura central de esta celebración, conocida como el Zaputero, responde tipológicamente al modelo europeo del pelele o efigie sacrificial¹. Su confección con materiales perecederos —paja, serrín y tejidos usados— subraya su carácter transitorio, mientras que su exposición pública en el balcón consistorial lo sitúa en una posición simbólica de visibilidad y juicio colectivo. La etimología del término, vinculada al aragonés zaputo (astuto, pícaro, sagaz), refuerza su asociación con la inversión carnavalesca del orden social descrita por la historiografía desde la Baja Edad Media.

El acompañamiento de las denominadas mascarutas con sus taleguillos, individuos enmascarados que distorsionan deliberadamente su identidad,( con la impunidad de la "careta" y Taleguillo) se inserta igualmente en patrones festivos documentados en múltiples territorios europeos. La ocultación del rostro y la alteración de la voz constituyen estrategias rituales que suspenden temporalmente la jerarquía social ordinaria, generando un espacio liminal donde la comunidad experimenta formas controladas de transgresión.
No obstante, la comprensión histórica de estos rituales exige atender a su relación con prácticas públicas de castigo y escarmiento propias del Antiguo Régimen. Durante varios siglos, la institución del Santo Oficio —suprimida de manera definitiva en 1834— organizó ceremonias penales conocidas como autos de fe, en las que los reos por delitos de fe eran expuestos ante la colectividad. Conversos judaizantes, moriscos y otros considerados herejes comparecían revestidos con insignias infamantes, mientras la lectura pública de las sentencias convertía el acto judicial en escenificación pedagógica del poder religioso y político. La ejecución por medio del fuego, aplicada por la jurisdicción civil, poseía entonces una dimensión simultáneamente punitiva y purificadora dentro de la cosmovisión religiosa de la época.

Aunque las prácticas carnavalescas contemporáneas carecen de esa violencia real, numerosos autores han subrayado la persistencia de estructuras simbólicas análogas: exposición pública de una figura representativa, atribución colectiva de culpas y destrucción final mediante combustión. La quema del Zaputero puede interpretarse, desde esta perspectiva, como una transposición ritual donde el castigo histórico se transforma en mecanismo simbólico de renovación social. El fuego deja de actuar sobre sujetos reales para operar sobre una representación material de los excesos asociados al periodo carnavalesco.

Fenómenos comparables se documentan en distintas localidades aragonesas y peninsulares mediante la quema del judas², peleles u otras efigies alegóricas que marcan el tránsito entre el tiempo festivo y el inicio del periodo cuaresmal. Tales prácticas evidencian la continuidad de un mismo lenguaje cultural de larga duración: la destrucción ritual de un símbolo como condición necesaria para la restauración del orden comunitario.

Desde esta perspectiva histórica, la pervivencia del Zaputero no constituye una simple reliquia folclórica, sino un ejemplo de transformación semántica de los rituales colectivos. Donde en la Edad Moderna el fuego expresó la coerción del poder religioso, en la contemporaneidad se resignifica como fuego purificador de carácter simbólico. La comunidad ya no asiste a la eliminación de individuos, sino a la dramatización de su propia capacidad de renovación.

Cuando el fuego purificador consume la efigie, el acto no implica únicamente la desaparición material de un muñeco festivo, sino la clausura ritual del tiempo excepcional del Carnaval y la restauración del equilibrio social ordinario. En ese tránsito entre combustión y ceniza pervive, despojada ya de violencia histórica, una antigua concepción europea de la comunidad: la idea de que toda regeneración colectiva requiere una destrucción simbólica previamente compartida.

En resumen: En Aragón, muchas fiestas tradicionales no son solo diversión, sino también memoria y símbolo. El Carnaval de Épila tiene en el Zaputero a su figura principal: un muñeco de paja que representa el desorden y las burlas propias de estos días.

Antiguamente, en las plazas públicas se celebraban autos de fe donde la Inquisición castigaba a herejes, judíos conversos o moriscos, muchas veces mediante el fuego. Aunque esa violencia terminó con la abolición del Santo Oficio en 1834, algunas fiestas conservaron la idea simbólica de mostrar, juzgar y quemar aquello que la comunidad quiere dejar atrás.

Hoy, cuando el Zaputero arde en el fuego purificador, no se castiga a nadie: simplemente se representa el final del Carnaval y el comienzo de un nuevo tiempo. Es una forma antigua de recordar que, para empezar de nuevo, a veces primero hay que dejar algo atrás.

En Aragón, la figura del Zaputero puede entenderse como una representación simbólica de aquellos moriscos, judíos conversos y herejes que, siglos atrás⁴, eran expuestos al escarnio público y juzgados en los autos de fe³, muchos de los cuales terminaban en el fuego entendido entonces como purificación. Aunque hoy el Carnaval carece de esa violencia real, la quema del muñeco mantiene una memoria transformada de aquellos rituales históricos.

En Épila están documentados varios autos de fe, y es probable que existieran muchos más que no quedaron registrados. Estas pequeñas escenificaciones simbólicas, aún presentes en distintos pueblos aragoneses, recuerdan cómo la comunidad utilizaba el fuego no solo como castigo, sino como cierre de un ciclo y comienzo de otro nuevo.

La quema del Judas y el Zaputero de Épila comparten un origen antropológico común basado en el rito de purificación mediante el fuego y la expulsión simbólica del mal en la comunidad.
Estas son sus principales similitudes: Personificación del "Pecador": En ambos casos se elabora un muñeco de trapo, paja o papel que representa una figura negativa. Mientras que el Judas personifica la traición bíblica, el Zaputero es considerado el "pecador" que carga con las culpas del pueblo durante el carnaval.

Juicio y Castigo Público: Las dos figuras son expuestas ante el pueblo antes de su ejecución. El Zaputero preside las fiestas desde el balcón del Ayuntamiento de Épila, de forma similar a como los Judas son colgados en plazas para ser "sentenciados".

Fin de un Ciclo: Ambas tradiciones marcan una transición espiritual o estacional. La quema del Judas celebra la Resurrección tras la Cuaresma, mientras que la quema del Zaputero en el Domingo de Piñata pone fin al desenfreno del carnaval para dar paso al recogimiento.

En España, la quema de figuras de paja y trapo es una tradición arraigada que simboliza la purificación, el fin de un ciclo o el castigo a personajes indeseables. Estas son las celebraciones más destacadas:

A. El Judas (Semana Santa)
Es la tradición más extendida de muñecos de paja. Se celebra generalmente el Domingo de Resurrección para simbolizar el castigo al traidor de Jesucristo. Alfaro (La Rioja): Se cuelgan más de cien muñecos de paja y ropa vieja por las calles que representan a personajes públicos o del espectáculo para ser quemados al mediodía.
Samaniego (Álava): Los jóvenes compiten por crear el mejor muñeco de paja, que lleva trece monedas en el bolsillo, antes de ser pasto de las llamas.
Alamillo (Ciudad Real): Una fiesta única donde se queman las "Muñecas" (que simbolizan la primavera) y el "Judas" (el invierno) el Sábado Santo.

B. El Pelele (Carnaval)
El pelele es un muñeco de paja y trapos que suele ser manteado y finalmente quemado al final del Carnaval para representar el fin de la fiesta y el desenfreno. En localidades como Ribera del Fresno (Badajoz), se quema para dar la bienvenida a la primavera y como símbolo de fertilidad.
Históricamente, el pelele representaba a figuras de autoridad o personajes que merecían escarneo público.

C. Los "Júas" y "Bujots" (San Juan)
Durante la noche del 23 de junio, además de las hogueras, en varias regiones se queman figuras específicas: Málaga: Se queman los júas, monigotes de trapo y paja rellenos de serrín que suelen caricaturizar a personajes famosos o eventos del año.
Menorca: Se celebra el ritual de "Matar es bujots", donde se cuelgan muñecos en las calles para ser tiroteados o quemados.

D. Otras variantes locales Entroido (Galicia): En muchos pueblos gallegos, un muñeco gigante de paja preside el Carnaval y su quema marca el cierre de las fiestas.
Fiestas patronales en Álava: Existen numerosos personajes locales como "Nikolasa Trotamundos" o el "Moro" que son paseados y finalmente quemados tras un "entierro" simulado.


1º- Un pelele o efigie sacrificial es una figura hecha normalmente con ropa vieja, paja, trapos o papel que representa simbólicamente a una persona, personaje o incluso a un concepto negativo (el mal, el invierno, los pecados, etc.).
Sentido tradicional- Se utiliza en fiestas populares, carnavales o rituales. Suele golpearse, colgarse o quemarse en público. El acto simboliza una purificación colectiva, la expulsión de lo malo o el final de un ciclo.
Origen simbólico- Estas prácticas tienen raíces muy antiguas: Ritos paganos ligados al cambio de estaciones y la fertilidad. Ceremonias medievales donde se representaba el castigo simbólico de un culpable. Tradiciones posteriores como la quema de muñecos en carnavales o fiestas de primavera.
Uso figurado- En lenguaje cotidiano, llamar a alguien “pelele” significa que es una persona manejable, sin voluntad propia o ridiculizada por otros.

2ª-La quema del Judas es una tradición popular festiva en la que se fabrica un muñeco —hecho con ropa vieja, paja o papel— que representa a Judas Iscariote, el apóstol que, según la tradición cristiana, traicionó a Jesús.
Ese muñeco se cuelga, apalea o quema en público, normalmente durante la Semana Santa o en fiestas de primavera.
Significado simbólico, Representa el castigo al traidor y la condena del mal.
Funciona como rito de purificación colectiva: al quemarlo, la comunidad “expulsa” lo negativo.
En algunos lugares el muñeco también simboliza problemas sociales, personajes impopulares o el invierno que termina.
Origen La costumbre mezcla: Tradiciones religiosas medievales ligadas a la Pasión.
Ritos antiguos de renovación primaveral, donde se destruía una figura simbólica para empezar un nuevo ciclo.
En Aragón, la quema del Judas ha formado parte de antiguas costumbres de Semana Santa y Pascua, aunque con el tiempo se ha perdido en muchos pueblos o se ha transformado en actos más simbólicos dentro del carnaval o fiestas de primavera.
Cómo se hacía tradicionalmente Se confeccionaba un pelele con paja y ropa vieja que representaba a Judas u otro personaje rechazado por la comunidad.
El muñeco se colgaba en una plaza o balcón, se leía a veces un testamento burlesco con críticas sociales y finalmente se quemaba o apaleaba. Participaban sobre todo niños y jóvenes, en un ambiente festivo más que religioso. Significado en la tradición aragonesa
Acto de purificación colectiva y despedida simbólica del mal o del invierno.
Espacio para la sátira popular, donde el “Judas” podía representar problemas del pueblo o figuras impopulares.
Mezcla de raíces cristianas medievales con ritos más antiguos ligados al cambio de estación.
Situación actual
Hoy la costumbre: Sobrevive de forma puntual en algunas localidades o recreaciones culturales.
En otros sitios ha sido sustituida por quemas de monigotes de carnaval u otras fiestas primaverales.
Si quieres, puedo buscar ejemplos concretos de pueblos aragoneses donde aún se recuerde o documente esta tradición.

3º- La Inquisición española, instaurada en la Corona de Aragón en 1483, utilizó los autos de fe como ceremonias públicas para sentenciar a los herejes, convirtiendo la quema de los condenados en la hoguera en el acto final de dichos eventos. Tras el asesinato de Pedro Arbués en Zaragoza en 1485 ( nacido en Épila en 1441) la represión en Aragón se volvió extremadamente severa. Los autos de fe funcionaban no solo como castigo, sino como un "espectáculo" de control social y religioso para reafirmar la fe católica ante la población aragonesa.
Naturaleza y Propósito: Acto de fe y propaganda que demostraba el triunfo del catolicismo y la autoridad inquisitorial.
La Escenografía: Se montaban grandes tablados en plazas (como la Plaza Mayor de Madrid) o iglesias, atrayendo a multitudes, autoridades y, a veces, a los reyes.
El Ritual: Procesión: Los condenados desfilaban en fila, a menudo montados en asnos, vistiendo sambenitos (sacos amarillos con cruces o símbolos de herejía) y capirotes.
Lectura: Se leían las sentencias públicas contra herejes, judaizantes, protestantes, sodomitas, etc..
Reconciliación: Los pecadores arrepentidos se reconciliaban con la Iglesia y recibían penitencias (azotes, multas, cárcel).
Relajación: Los relapsos (reincidentes) o impenitentes eran "relajados al brazo secular", es decir, entregados a la autoridad civil para ser quemados.
Tipos: Podían ser Autos Generales (grandes, con muchos reos) o Autillos (ceremonias más discretas en dependencias de la Inquisición).
Los autos de fe buscaban infundir temor, mantener la unidad religiosa y purificar la sociedad mediante la exhibición pública de la sanción.

4º- 1488, Proceso contra Francisco de Torres, neófito y habitante en Épila, acusado de herejía y de practicar ritos judaicos, Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición (Zaragoza)
Torres, Francisco - Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición (Zaragoza) Épila - Neófitos - Herejías - Prácticas judaicas

El Auto de Fe siguiente se celebró el 26 de marzo de 1591, y se inició con la acusación de Francisco Jayel, perteneciente, según nuestros datos, a una destacada familia morisca de la villa de Epila, citado también como tal por Aznar Cardona Se le acusó de menospreciar el poder y el honor de la Madre de Dios, ante una procesión en la que se pedía su intercesión para traer la lluvia, y por "hacer ceremonias de moro". Era un castigo que ya tenía precedentes desde el año 1556 y, ahora, tras sufrir y vencer el tormento, se le dieron públicamente 200 azotes.

En el libro de difuntos del año 1592, con fecha 24 de octubre, se reseña que un amotinado, llamado Tomás de Rueda, de 31 años, de Épila, fue mandado degollar. Sufriendo castigos como: Degollación, Galeras Reales, cárcel, de seis meses a tres años,200 o más azotes públicos, potro, mancuerna y garrucha..

También hay datos en Épila como el caso de Los sobrinos de Cándida Compañero, Miguel Enrique, Gabriel, Ana, Francisca y María Lupercia, hijos de Miguel E. Compañero y Esperanza Granada, relajados y muertos en Zaragoza en un Auto de Fe en 1608, y cuyas actas de bautismos hemos encontrado, partieron de España desde el pueblo aragonés de Épila con su abuelo materno, Jerónimo Granada, formando parte de la caravana de moriscos expulsados en mayo de 1610 y según algunas noticias sobre los moriscos expulsados parece que eligieron Túnez como su segunda patria.2

-Incluso tras la expulsión nos encontramos con moriscos refugiados en la ciudad, como es el caso de María Castellano, de Épila, juzgada por la Inquisición en 1611,en octubre de 1611, es apresada en Huesca María Castellano, de veintiocho años, soltera y natural de Épila, quien para evitar el exilio se refugió en la ciudad; confiesa ser mora desde los dieciséis años y es condenada a 10 ducados de multa y cárcel perpetua....3

-Y yo conocí en Epila una morisca viuda y vieja, llamada la tía Blanca, o Castellana, a quien yéndole a pedir uno de los dichos procuradores el sueldo para las armas, ella como era vieja no acabava de acordarse para que empleo se cobrava, mas declarando que era para lo contratado contra los christianellos (vocablo suyo) respondió, para esso si por cierto aunque no tengo mas de dos reales guardados para unas medias calças que voy sin ellas, pero por favorecer a tan buena obra yo me sufriré mi necesidad. Esto oyeron, dos vezinos christianos viejos de quienes los moriscos no se recatavan, porque vezinos entre ellos, y estos lo publicaron al punto por todo el lugar, y la muger ni lo osava negar ni afirmar, antes se escondía confundida, donde no la diessen con su dicho en la cara.- - luan de luana Morisco, tenido por alfaquí de Epila, el qual como dando pelillo, y señalando que los echavan sin causa, me dixo, no nos echen de España, que ya comeremos tocino y beberemos vino: A quien respondí: el no beber vino, ni comer tocino, no os echa de España, sino el no comello por observancia de vuestra maldita secta. Esto es heregia y os condena y sois un gran perro, que si lo hizierades por amor de la virtud de la abstinencia fuera loable; como se alaba en algunos Santos, pero hazeyslo por vuestro Mahoma, como lo sabemos, y os vemos maltratar por extremo a vuestros propios hijos, de menor edad, quando os consta que en alguna casa de christianos viejos, les dieron algún bocadillo de tocino y lo comieron por no ser aun capaces de vuestra malicia..

También existen libros como Practica de Exorcistas y Ministros de la Iglesia por el Padre Benito Remigio de 1612 donde relata el exorcismo a un morisco llamado Geronimo Peix, el Padre Prior del Convento de San Sebastián de los Padres Agustinos en Épila le sacó de tres demonios mediante el exorcismo que la Iglesia tiene preparados para tal fin describe el libro:

“Dicho en cierta ocasion el Prior de dicho colegio de S.Sebastian del los PP. Agustinos en la villa de Épila a un endemoniado llamado Geronimo Peix morisco, dexandole asi echado en el claustro del Convento mientras que iba a tomar la refeccion ordinaria de su comunidad, y viendole sus parientes, y conocidos al desventurado muy desfallecido por no aver tomado en dos dias algun sustento de compasion, le dixeron: Levantaos un poco, y sentao, tomareis vn refresco, para reparo de vuestra fatiga; y en esto bolvio los ojos indignados, y el rostro fiero, diziendo estas formales palabras: Bellacos, descreídos, faltos de Fe, no veis que estoy atado por aquel ministro de Dios? Pensais que puedo, no mas de estrecharme asi como quiera ligeramente?Pues sabed que estoy muy agarrotado, que si lo estuviera con cadenas de hierro; y asi no os canséis en confiar que me levante, que no puedo, aunque quiera, fin tener licencia, porque esta es la fuerza y poderío del Ministro de Dios, y aun mayor. Borvio el dicho P.Prior, y lancó de tres demonios mediante los exorcismos que la Iglesia tiene señalados para este efecto y en virtud de la poderosa palabra del Evangelio. P.FR. Gerónimo Aznar en su libro titulado Expulsión Justificada de los Moriscos.

También hablar de las marcas del demonio detalladamente dibujadas y descritas en el acta del proceso incoado por el conde de Aranda en 1631 contra Ana Marco de Épila por brujería y hechicería. Manuscrito procedente del archivo de la Inquisición de Aragón, ahora en Bibliothéque de la Ville, Burdeos.

Y por otro lado Sabemos asimismo que el nuevo Inquisidor General procedió inmediatamente con su energía característica a hacer uso de sus poderes, nombrando nuevos inquisidores y estableciendo nuevos tribunales en las diversas regiones de la península, y así en la primavera de 1484 nombró para el de Valencia a Juan de Épila (que antes fue inquisidor del Tribunal de Zaragoza, los primeros autores fechaban la creación del tribunal en febrero de 1482 con la designación de fray Juan de Épila como inquisidor (Contreras-Dedieu, 91)) y Martín de Iñigo 15•
Evidentemente, pues, los inquisidores que antes de estos nombramientos existían ya en Valencia eran los de la Inquisición medieval puede verse ZURITA, Anales de Aragón, l. 20, cap. 65, p. 342, ed. de Zaragoza . 1610. Véase también L EA, H. C., A Mstory of thc lnqnisitio11 of Spain, t. I, p. 237 ss
La documentación confirma que efectivamente fray Juan de Épila actuaba a principios de 1482 como inquisidor en Zaragoza, estuvo acompañado en el ejercicio de sus funciones por el vicario general de la diócesis de Zaragoza, Pedro Monforte.
y Juan de Épila exhortaba a los feligreses a denunciar los comportamientos heréticos bajo pena de excomunión.