domingo, 20 de septiembre de 2026

¿..Fueron mejores las fiestas de Épila de antes..? Un viaje por cien años de celebraciones.

 

Hay una pregunta que prácticamente todos hemos escuchado alguna vez cuando llegan las fiestas de septiembre: «Las fiestas de antes eran mejores». Pero ¿..es realmente así..?

Boletín Oficial de la Provincia de Zaragoza: Número 140.  02 de Septiembre 1860. Fiestas de Épila. 

Décadas de 1860 y 1870 (Primeras reseñas informativas): Los diarios provinciales más antiguos, como el Diario de Avisos de Zaragoza, empezaron a publicar crónicas breves enviadas por corresponsales locales. Estas notas informaban de que el Ayuntamiento ya tenía listo el programa y adelantaban los actos principales (misas solemnes, orquestas y las tradicionales vaquillas).
Décadas de 1880 y 1890 (Programas detallados por días): En este periodo, los periódicos generalistas y la prensa regionalizada comenzaron a transcribir de forma íntegra los edictos y programas oficiales que remitía el propio Ayuntamiento de Épila. Se desglosaban los horarios de las verbenas, las corridas de toros y los actos religiosos de los días dedicados a San Pedro Arbués y San Frontonio.
Cuando uno empieza a mirar fotografías antiguas, programas de fiestas, noticias de prensa, recuerdos y documentos de distintas épocas, la respuesta resulta bastante más compleja. Porque quizás la cuestión no sea simplemente decidir si las fiestas antiguas eran mejores o peores que las actuales, sino preguntarnos qué tenían aquellas fiestas para haber quedado tan profundamente grabadas en la memoria colectiva de Épila.

Y si dentro de los últimos cien años hubiera que escoger un año especialmente extraordinario, hay uno que destaca con fuerza.

1965: probablemente el gran año simbólico

No podemos demostrar matemáticamente que las fiestas de 1965 fueran «las mejores de la historia». Para hacerlo necesitaríamos comparar uno por uno todos los programas, presupuestos, participación y acontecimientos de prácticamente un siglo.

Pero, por todo lo que conocemos, 1965 es uno de los candidatos más sólidos al título de gran año festivo de Épila.

Y no únicamente por la cantidad de actos.

El motivo es mucho más profundo.

Aquel septiembre, Épila no se limitó a celebrar sus fiestas: Épila se mostró a sí misma.

El 16 de septiembre de 1965 tuvo lugar la extraordinaria Fiesta del Azúcar y de la Provincia.

La importancia de la Azucarera para varias generaciones de epilenses se trasladó directamente a las fiestas. Hubo carrozas concebidas alrededor de aquella identidad industrial y agrícola. Una de ellas mostraba representaciones de la Azucarera realizadas por Jesús de la Concepción; otra tenía como elemento central un enorme azucarero.

Hubo misa solemne, actos institucionales, proclamación de Reina y Damas, celebración en el Cine Avenida y presencia de autoridades.

Antonio Beltrán Martínez, una de las figuras más destacadas de la arqueología y la prehistoria aragonesa y entonces vicepresidente de la Diputación Provincial, ejerció como pregonero. También encontramos fotografías de gigantes y cabezudos participando en aquella Fiesta del Azúcar. Pero lo realmente extraordinario no estaba únicamente en el programa.

1965 representa a un pueblo orgulloso de lo que era. La agricultura, el azúcar, la industria, las tradiciones, las carrozas, la música, los jóvenes, los mayores, las autoridades y los propios vecinos formaban parte de una misma celebración. Era Épila enseñando Épila. Y quizás ahí encontremos una de las grandes diferencias con las fiestas actuales.

1974: unas fiestas extraordinariamente completas

Pero si buscamos variedad y duración, aparece otro año extraordinario: 1974.

Las fiestas se desarrollaron durante siete días, del 16 al 22 de septiembre. La oferta resulta sorprendente incluso vista desde nuestros días.

Gigantes y cabezudos, banda de cornetas y tambores, majorettes, carrozas, jotas, certámenes, teatro, exposiciones fotográficas, actividades deportivas, ciclismo, pelota, barra y bola aragonesa, fútbol, tiro al plato y diferentes competiciones. El Cine Avenida, con sus centenares de localidades, formaba también parte de aquella vida festiva. A ello se sumaban las orquestas y actividades organizadas en lugares como Las Vegas, el Casino Artístico o el Casino de la Amistad. Había además novilladas y espectáculos populares como El Empastre.

Por eso podríamos establecer una diferencia. 1965 representa especialmente bien la fiesta identitaria y simbólica. 1974 representa magníficamente la fiesta extensa, variada y repartida por multitud de espacios y colectivos.

1999: la fuerza de las peñas

Pero sería un error pensar que las grandes fiestas terminaron en los años sesenta o setenta.

La fiesta simplemente fue transformándose.

Y 1999 representa perfectamente otra etapa.

A finales del siglo XX las peñas habían adquirido un protagonismo extraordinario. Encontramos gigantes, cabezudos, el Tren del Estanquero, festejos taurinos, concursos de recortadores, bandas, orquestas, música, cine, espectáculos de variedades, fútbol, deportes tradicionales y multitud de actividades impulsadas por establecimientos, asociaciones y peñas.

Aquel año también se instituyó el nombramiento de Reyes de Peñas. Incluso surgieron iniciativas tan peculiares y recordadas como el descenso del río Jalón organizado por Os Estalentaus.

Era otra fiesta. Ni mejor ni peor por definición. Otra forma de vivir Épila.

Y si retrocedemos hasta los años treinta…

Las fiestas anteriores a la Guerra Civil también nos dejan escenas extraordinarias.

En 1934, por ejemplo, encontramos documentadas importantes competiciones deportivas y una gran carrera pedestre por las calles del municipio, con premios económicos muy considerables para aquella época.

Y 1935 fue especialmente significativo. Aquellas fiestas coincidieron con la inauguración de las nuevas escuelas Mariano Gaspar Remiro, construidas para mejorar unas instalaciones educativas que habían quedado claramente insuficientes.

Esto nos revela algo muy interesante.

Durante décadas las fiestas no consistían únicamente en música, baile o entretenimiento. Las fiestas eran también el momento de presentar las mejoras del pueblo.

Se inauguraban escuelas. Instalaciones. Obras. Equipamientos. Se realizaban homenajes. Se enseñaba lo conseguido durante el año.

Las fiestas eran, de alguna manera, el gran escaparate de Épila. Y probablemente eso contribuía enormemente a su importancia.

Entonces, ¿eran mejores las fiestas de antes?

Aquí llegamos a la verdadera pregunta.

Y la respuesta probablemente sea: En unas cosas sí. En otras, no.

Las fiestas actuales disponen de medios que nuestros abuelos difícilmente podían imaginar.

Tenemos grandes equipos de sonido, iluminación, escenarios, conciertos, orquestas, actividades infantiles, programación taurina, peñas, actos religiosos, jotas, gigantes y cabezudos, carrozas, fuegos artificiales y una capacidad técnica muchísimo mayor.

Por tanto, sería injusto afirmar simplemente: «Antes había fiestas y ahora no». No es cierto.

Pero sí existe una diferencia fundamental.

Antes las fiestas competían con muchas menos cosas

Durante buena parte del siglo XX no había teléfonos móviles.

No existían redes sociales.

No había plataformas con miles de películas disponibles instantáneamente.

No podíamos escuchar cualquier canción en cualquier momento.

No viajábamos con la misma facilidad.

No existía una oferta permanente de ocio como la actual.

Y por eso las fiestas eran realmente el acontecimiento del año.

Se esperaban durante meses.

La llegada de una buena orquesta podía convertirse en un acontecimiento extraordinario.

Una película podía llenar centenares de butacas del cine.

La llegada de las atracciones transformaba durante unos días el paisaje habitual del pueblo.

Las calles cambiaban. La rutina se rompía. Y todo parecía especial.

Hoy podemos disponer de más potencia, más tecnología y probablemente más medios económicos. Pero tenemos algo mucho más difícil de conseguir: capacidad de sorprendernos.

De espectadores a protagonistas

Pero existe una diferencia todavía más profunda.

Antes había muchísimas personas haciendo pequeñas cosas dentro de las fiestas.

El que preparaba una carroza. El que participaba en una rondalla. El que corría una carrera. El que jugaba un partido. El comerciante que colaboraba. El casino que organizaba su propia actividad. Los músicos. Los fotógrafos. Las asociaciones. Las peñas. Los gigantes. Los cabezudos. Los vecinos preparando durante días algo que después disfrutaría todo el pueblo.

La fiesta estaba repartida entre muchísimas manos.

Y quizá sea precisamente eso lo que realmente añoramos cuando pronunciamos aquella frase: «Antes las fiestas eran mejores».

Quizá no recordamos solamente el espectáculo. Recordamos que conocíamos a las personas que estaban haciendo la fiesta.

También recordamos nuestra propia juventud

Existe además un componente imposible de separar de cualquier recuerdo festivo: nuestra propia vida.

Quien recuerda las fiestas de hace cuarenta años ó más  no recuerda únicamente un programa.

Recuerda a sus amigos. A sus padres. A sus abuelos. A personas que quizá ya no están.

Recuerda un primer amor. Una noche determinada. Una canción. Un bar. Una peña. Una carroza. El olor de una calle. Una orquesta. La primera vez que pudo regresar tarde a casa.

Todo eso queda mezclado con las fiestas.

Por eso casi todas las generaciones terminan pensando que las mejores fiestas fueron precisamente las de su juventud.

Y posiblemente dentro de cuarenta años haya personas que hoy son jóvenes diciendo: «Vosotros no sabéis cómo eran las fiestas de Épila en 2026».

No necesitamos volver a 1965

Después de recorrer un siglo de fiestas, quizá la conclusión más interesante no sea decidir si las mejores fueron las de 1965, 1974, 1999 o cualquier otro año. La verdadera pregunta podría ser otra: ¿Qué tenían aquellas fiestas que podríamos recuperar actualmente?

No necesitamos regresar tecnológicamente a 1965. No necesitamos renunciar a los grandes escenarios, los conciertos, la seguridad, los medios actuales ni las nuevas formas de diversión.

Pero sí podríamos intentar recuperar algo de aquella densidad humana.

Más asociaciones haciendo cosas. Más vecinos creando. Más actividades pequeñas. Más cultura. Más deporte popular. Más exposiciones. Más concursos. Más tradición. Más colaboración entre generaciones. Más espacios donde los vecinos no solamente acudan a mirar, sino donde puedan participar.

Porque quizá ahí se encuentre una parte importante del secreto. Las fotografías antiguas no transmiten vida solamente porque hubiera mucha gente. Transmiten vida porque buena parte de aquellas personas tenían algo que hacer dentro de la fiesta.

Y por eso terminaría el balance de estos cien años con una frase: Una fiesta no se hace grande por los vatios que enciende, sino por la cantidad de personas que consigue encender por dentro y convertir en protagonistas.

Épila no tiene por qué elegir entre pasado y futuro. Puede quedarse con la capacidad técnica del presente, pero recuperar del pasado esa sensación de que durante unos días todo el pueblo está haciendo la fiesta, y no solo asistiendo a ella.

Peña Atómica, 18 Septiembre 1954.
Primera peña "oficial" de las fiestas de Épila, ubicada en la Plaza de España, 7
Pepe Carrero les dedicó una jota:

Esta es la peña Atómica
hombres de mucho talento
porque viven a lo loco
junto al Ayuntamiento.
Un pequeño homenaje a todas las peñas del pueblo.

Fotografía de 1953 en los actos festivos de las fiestas de septiembre 1953

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Épila Bajo Tierra: La Historia de una Villa excavada en sus Cabezos


De las primeras cuevas documentadas del siglo XIX a las 755 viviendas-cueva de los años sesenta. Hay una parte de la historia de Épila que no se levantó con ladrillos ni sillares. Se excavó en la tierra.

Durante generaciones, centenares de familias epilenses vivieron literalmente dentro de los cabezos que rodean nuestro pueblo. Allí nacieron niños, se formaron familias, se trabajó, se pasó frío, hambre y calor, se celebraron fiestas, se hicieron rondas y bailes y transcurrió la vida cotidiana de una parte importantísima de la población. Hoy contemplamos aquellos cabezos y resulta difícil imaginar su aspecto hace apenas unas décadas.
Donde ahora vemos laderas, restos de antiguas entradas o zonas profundamente transformadas, hubo calles de cuevas encaladas, puertas, ventanas, chimeneas, corrales y familias enteras viviendo unas junto a otras. No fueron cuatro cuevas aisladas. Épila llegó a tener prácticamente otro pueblo excavado bajo tierra.
Tambien se vieron familias vivir la extrema pobreza como en la zona de los cabezos llamado el "Raboso". Tambien existía clases entre los propios cabezos, unos no querían juntarse con otros, eran como diferentes "Épilas" como la azucarera, el centro del pueblo, los cabezos y el raboso...

LAS CUEVAS YA ESTABAN AQUÍ HACE DOS SIGLOS

La documentación histórica permite retroceder mucho más allá del siglo XX. Los documentos recopilados sobre Épila indican que la construcción de cuevas era ya abundante durante las primeras décadas del siglo XIX. Y desde 1841 conservamos peticiones extraordinariamente explícitas dirigidas al Ayuntamiento por vecinos que solicitaban terreno para excavar su propia vivienda.

El 21 de febrero de aquel año, Vicente Romero y Francisco Martínez solicitaron permiso para realizar unas cuevas en la subida del Castillo. El motivo no dejaba lugar a dudas: eran cuevas para vivir.

Ese mismo año, Francisco Martínez, que explicaba encontrarse sin trabajo continuado en su oficio de sastre, pretendió abrir otra cueva para habitación en la zona del Castillo. Incluso estos trabajos estaban sometidos al control municipal: su solicitud terminó siendo denegada y se le advirtió de una multa si continuaba excavando.

Dos años después, en 1843, Luis Moreno solicitaba catorce varas para construir una cueva destinada a vivienda. También Francisco Ibáñez pidió permiso para abrir la suya en el Castillo, hacia Capuchinos. En 1844, Santos Alambra solicitó doce varas de terreno para hacer una casa-cueva y explicaba que aprovecharía para trabajar en ella aquellos días de invierno en los que no tuviera jornal u otra ocupación.

Ese pequeño detalle es probablemente uno de los que mejor permiten comprender aquella realidad. Muchas viviendas se construían literalmente con el trabajo de quienes necesitaban un techo.

JORNALEROS QUE EXCAVABAN SU PROPIA CASA

Las solicitudes se multiplican durante los años siguientes. Aparecen nombres, oficios y lugares que nos permiten reconstruir sobre el papel aquel otro Épila: Castillo, Matalambre, Nevería, Calvario, Capuchinos, Pilón de la Salve, Balconcillo, Santa Ana, el tendedor de Paños, Ferruchiches...

En numerosos documentos aparece además una palabra que ayuda a comprender el origen social de muchas de aquellas viviendas: jornalero.
Mariano Martínez solicitaba en 1846 terreno en Matalambre para construir una cueva. Antonio Larena hacía algo semejante junto al Balconcillo. Francisco Remiro pedía terreno entre la Nevería y el tendedor de Paños. En 1858, Ignacio Remiro, casado y jornalero, solicitaba dieciséis varas detrás del Calvario para excavar una cueva.

Uno de los documentos más reveladores es el de Jerónimo Martínez Romero, fechado en enero de 1849.
Era jornalero y quería construir una cueva sobre la calle Santa Ana. Explicaba que deseaba emplearse él mismo en hacerla y ocupar también en aquellos trabajos a algunos de sus hijos. Pero añadía algo todavía más interesante: en aquella calle ya existían otras cuevas realizadas muchos años antes y que formaban parte de la población. Es decir, ni siquiera en 1849 aquellas viviendas eran una novedad.

Otro documento proporciona una pista todavía anterior. En marzo de 1846, Francisco García Zaguerri declaraba que poseía en el Castillo una cueva en la que habitaba desde hacía más de veinte años, y solicitaba permiso para proporcionar luz y ventilación a uno de sus cuartos. Por tanto, el hábitat en cuevas estaba plenamente arraigado en Épila mucho antes de mediados del siglo XIX.

NO TODO ERAN VIVIENDAS: TAMBIÉN BODEGAS

Los mismos cabezos fueron utilizados para excavar numerosas bodegas. La documentación menciona bodegas vinarias en la Nevería, el Calvario, Capuchinos, el Pilón de la Salve y otros puntos.
En algunos casos resulta incluso difícil separar ambas funciones, porque aparecen referencias a cuevas, casas-cueva, bodegas y bodegas-vivienda.
La tierra proporcionaba espacio para vivir, pero también unas condiciones especialmente adecuadas para conservar productos y vino.
Y esa combinación explica en buena medida por qué los cabezos terminaron formando parte inseparable del paisaje urbano y económico de Épila.

CINCO CABEZOS Y CENTENARES DE CASAS

Con el paso de las décadas, aquello adquirió unas dimensiones extraordinarias. Las fuentes recopiladas citan a Pierre Loubes, quien refiere la existencia de aproximadamente 750 cuevas utilizadas como vivienda, distribuidas entre cinco cabezos y habitadas por unas 2.500 personas.
Una información de prensa de septiembre de 1966 manejaba cifras prácticamente idénticas: alrededor de 755 cuevas y unas 2.500 personas, aproximadamente la mitad de la población de Épila.

Aquellas viviendas se distribuían por los cabezos del Castillo, Manolín, Paños, Ballesteros y Calvario. Algunas disponían de tres, cuatro e incluso cinco habitaciones. Las fachadas aparecían encaladas y la prensa de la época destacaba una de las ventajas naturales de estas construcciones: una temperatura interior mucho más estable, fresca durante el verano y templada durante el invierno. Según aquella información, tenían electricidad y algunas disponían incluso de agua corriente y televisión.

Las casas-cueva tampoco eran exclusivas de Épila. Existieron en otras localidades de la ribera del Jalón.
Lo excepcional en Épila fue la enorme dimensión que alcanzó este modelo de vivienda. Y eso convirtió nuestros cabezos en algo verdaderamente singular.
                                                          Fotografía aérea de Épila de 1956.

1952: UNA FOTÓGRAFA ALEMANA RETRATA AQUELLA ÉPILA

Hay documentos que cuentan la historia y fotografías que consiguen que casi podamos entrar en ella. En 1952, la fotógrafa alemana Erika Groth-Schmachtenberger pasó por Épila durante uno de sus viajes por España y fotografió la vida de sus habitantes en los cabezos. Sus imágenes son hoy un documento etnográfico extraordinario. No fotografió restos ni cuevas abandonadas. Fotografió hogares habitados.

Hombres, mujeres y niños aparecen delante de las entradas de sus viviendas. La propia descripción asociada a una de aquellas fotografías presentaba a Épila al observador extranjero como un pueblo extraordinariamente caracterizado por sus casas-cueva y por sus vecinos sentados ante sus puertas.

Esas fotografías poseen hoy un valor difícil de calcular porque nos permiten poner rostros a lo que, de otro modo, serían únicamente cifras. Las 750 cuevas dejan entonces de ser 750 números. Eran 750 hogares.
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EN LOS CABEZOS TAMBIÉN SE BAILABA

Y probablemente aquí aparezca una de las partes más bonitas de esta historia. Sería un error explicar las cuevas únicamente desde la pobreza o la necesidad. Aquellos lugares también tuvieron su propia vida social.

Los recuerdos recopilados sobre el Cabezo Manolín y el Cabezo Ballesteros nos transportan a los años cincuenta, cuando músicos del pueblo recorrían los cabezos con guitarras, bandurria y laúd.

Mariano Monteagudo tocaba la bandurria; Mariano Calvo, conocido como Chimillas, la guitarra; José Sola Inaga cantaba y tocaba; Adolfo Colás llevaba también guitarra y Aurelio tocaba el laúd.

Organizaban rondas por los cabezos y, varias veces al mes, después llegaba el baile. Se recuerdan particularmente la era La Brisa y la era El Gordo, en Ballesteros. Allí estaba la gente. Allí había música.

Allí había vecinos que se conocían, trabajaban juntos y compartían sus momentos de diversión.

Parte de aquella población humilde obtenía además algún sustento fabricando sogueta con el esparto recogido en los alrededores de Épila.

Por eso, cuando hoy miramos un cabezo, deberíamos intentar realizar un pequeño ejercicio de imaginación: donde hoy vemos monte, ellos veían barrio.

EL CASTILLO, SUS CUEVAS Y UNA CRUZ SOBRE EL PUEBLO

El Cabezo del Castillo ocupa, además, un lugar especial dentro de esta historia. No solamente concentró numerosas viviendas excavadas. Sobre él se encuentra uno de los símbolos más reconocibles del paisaje de Épila.

El 26 de diciembre de 1899, la Junta General del Casino de la Amistad acordó aportar 25 pesetas para adquirir una cruz con motivo de la llegada del nuevo siglo.
El 1 de enero de 1901 se instaló en lo alto del Castillo aquella cruz de hierro dedicada a Cristo Redentor.
En ese mismo lugar, antiguas fotografías aéreas y observaciones recogidas por vecinos han señalado posibles escalones muy erosionados y antiguas hiladas de sillares o huecos asociados a la plataforma donde habría estado el Castillo. Son referencias que deben tratarse como indicios y testimonios, no como una identificación arqueológica demostrada, pero que refuerzan la necesidad de estudiar adecuadamente todo este conjunto. Cuevas, antiguo Castillo, Cruz y cabezos forman así distintas capas de un mismo paisaje histórico.

1965-1966: EL PRINCIPIO DEL FINAL

A mediados del siglo XX, aquella forma de vida comenzó a desaparecer rápidamente. Y aquí debemos hacer una aclaración importante porque las distintas fuentes conservadas ofrecen cifras diferentes.
Una de las recopilaciones sobre 1965 habla de aproximadamente 800 vecinos viviendo entre los cinco cabezos y de la construcción de 185 viviendas con el propósito de sacar de ellos al mayor número posible de familias.
Sin embargo, la información periodística publicada en septiembre de 1966 hablaba todavía de unas 755 cuevas y alrededor de 2.500 habitantes.
La diferencia es demasiado importante como para ocultarla o intentar forzar una explicación que no tenemos.
Probablemente estamos ante fuentes, criterios de recuento o momentos diferentes. Por ello, desde el punto de vista histórico, lo correcto es mantener ambas cifras atribuidas a sus respectivas fuentes hasta que nueva documentación permita aclarar completamente la cuestión.
Lo que sí resulta indiscutible es la enorme dimensión del fenómeno y que durante aquellos años se aceleró la transformación urbana de Épila.

CUANDO ÉPILA SALIÓ DE LOS CABEZOS

La construcción de nuevas viviendas fue cambiando progresivamente el pueblo.
La primera gran expansión del siglo XX, al margen de la particular barriada de la Azucarera, había comenzado ya a mediados de los años cuarenta en torno a avenida de Rodanas, San Frontonio y San José, bajo proyecto del arquitecto Lorenzo Monclús Ramírez. Aquella actuación tuvo además una importancia urbanística enorme: suponía rebasar la acequia de la Hermandad y comenzar a extender Épila hacia terrenos de huerta. Después llegarían nuevas promociones.

En mayo de 1966 ya estaba habitada Santa Rita, mientras Gil Sastre y La Batalla continuaban en construcción o terminación. Posteriormente se levantarían otras viviendas en torno a plaza Infante Felipe, Fueros de Aragón, Doctor Bayo o Galán Bergua. Varias de estas promociones fueron impulsadas mediante cooperativas constituidas por vecinos de Épila. Pero hay otro matiz fundamental.

La historia real fue más compleja que simplemente construir 185 casas y trasladar allí a los habitantes de las cuevas.
Manuel Ballarín Aured recordaba que, pese a lo afirmado por una información periodística de 1966, poca gente procedente directamente de las cuevas terminó viviendo en la barriada que supuestamente debía sustituirlas, construida sobre el antiguo solar del convento de agustinos. Aquella noticia fue polémica y apareció también publicada en el semanario SP.

Por eso sería demasiado sencillo decir que un día Épila cerró las cuevas y sus habitantes recibieron una casa nueva. No ocurrió así. Fue un proceso gradual, complejo y desarrollado durante años.

DE PROBLEMA DE VIVIENDA A PATRIMONIO

Aquí aparece una de las paradojas más interesantes de toda esta historia. Durante buena parte del siglo XX, abandonar las cuevas significaba progreso.
Muchas estaban relacionadas con pobreza, falta de vivienda y profundas diferencias sociales. Las nuevas casas suponían mejores condiciones y un cambio de vida que aquellas familias deseaban y necesitaban.
No debemos, por tanto, idealizar la pobreza ni convertir la necesidad en una postal romántica.
Pero tampoco debemos cometer el error contrario y considerar que, porque aquellas viviendas fueron abandonadas, carecen hoy de valor. Sesenta años después, las cuevas tienen otro significado. Son arquitectura popular. Son patrimonio etnográfico. Son historia social.

Son la huella de cómo varias generaciones de epilenses fueron capaces de excavar una vivienda en la propia montaña, adaptarla, encalarla, ampliarla y convertirla en hogar. Y son, sobre todo, memoria de personas.

¿..QUÉ QUEDA HOY DE AQUELLA ÉPILA..?

Quedan los cabezos. Quedan algunas cuevas. Quedan fotografías. Quedan documentos municipales. Quedan noticias de prensa. Quedan nombres y apellidos.

Y, afortunadamente, todavía quedan personas capaces de recordar aquella vida o de transmitir lo que les contaron sus padres y abuelos. Pero el tiempo corre.

Muchas cuevas han desaparecido, otras han quedado sepultadas, transformadas o deterioradas y cada año resulta más difícil reconocer sobre el terreno aquel paisaje que contemplaban los epilenses de 1840, 1952 o 1966. Por eso quizá haya llegado el momento de afrontar este patrimonio de otra manera.

Antes de intervenir habría que inventariar, localizar, fotografiar, medir y documentar lo que todavía exista; recoger testimonios de antiguos moradores y familiares; identificar fotografías históricas y repetirlas desde el mismo lugar; estudiar cuáles pueden conservarse con seguridad y reconstruir sobre planos cómo estuvieron organizados aquellos barrios. Después podría plantearse algo verdaderamente singular:

Una Ruta Histórica de las Cuevas y los Cabezos de Épila.

Una casa-cueva conservada y ambientada.

Fotografías de sus antiguos habitantes.

Utensilios.

Paneles explicativos.

Testimonios sonoros.

Imágenes de 1952 enfrentadas al paisaje actual.

La historia de quienes las excavaron.

La música y las rondas de los años cincuenta.

El paso desde los cabezos hacia las nuevas barriadas.

Y un recorrido que pudiera culminar en la Cruz del Castillo, contemplando desde arriba el pueblo que terminó creciendo a los pies de aquellas antiguas viviendas.

ÉPILA NO NECESITA INVENTARSE ESTA HISTORIA

Quizá este sea el aspecto más importante. Hay municipios que buscan desesperadamente un elemento que los diferencie. Épila ya lo tiene.
Durante generaciones, una parte extraordinariamente importante de nuestro pueblo vivió dentro de sus montes.

En 1841 encontramos a vecinos solicitando permiso para excavar una vivienda.

En 1846 uno de ellos afirmaba llevar más de veinte años viviendo en una cueva.

En 1849 se decía oficialmente que algunas llevaban ya muchos años construidas.

En 1901 la Cruz se alzaba sobre uno de aquellos cabezos.

En 1952 una fotógrafa alemana retrataba a sus habitantes delante de sus puertas.

En los años cincuenta todavía había rondas y bailes por Manolín y Ballesteros.

Y en los años sesenta, mientras Épila comenzaba a extenderse hacia nuevas barriadas, centenares —y según algunas fuentes, miles— de epilenses continuaban viviendo en aquellas casas excavadas.

No necesitamos adornarlo. La historia ya es extraordinaria por sí misma. Quizá durante demasiado tiempo hemos pasado junto a los cabezos viendo solamente tierra. Pero debajo de esa tierra hubo habitaciones. Dentro de aquellas habitaciones hubo familias.

Y alrededor de aquellas familias hubo una sociedad, unas costumbres y una forma de vida que forman parte inseparable de la historia contemporánea de Épila. Porque las cuevas fueron primero necesidad.

Después fueron hogar. Hoy son historia.

Y si sabemos conservarlas y contarlas, mañana también pueden ser patrimonio, cultura y una de las señas de identidad más singulares de Épila. Donde nosotros vemos hoy un cabezo, generaciones de epilenses vieron su casa, su calle y su barrio. Y quizá esa sea la mejor manera de empezar a mirar nuevamente nuestras cuevas.


A todo ello hay que añadir un dato que demuestra que el problema de la vivienda en Épila venía de mucho antes de 1966. Ya en 1942 aparece documentado oficialmente un proyecto para construir 96 viviendas protegidas en la localidad, promovido por el Ayuntamiento y aprobado por el Instituto Nacional de la Vivienda. Es decir, décadas antes de aquella gran transformación urbana ya existía una preocupación pública por mejorar las condiciones habitacionales de numerosas familias.
También resulta especialmente interesante la descripción que algunas fuentes de 1966 hicieron de las cuevas de Épila. Se hablaba entonces de alrededor de 755 cuevas, unas 700 familias y aproximadamente 2.500 personas viviendo en ellas, una cifra que habría representado cerca de la mitad de la población del municipio. Algunas tenían tres, cuatro o cinco habitaciones, fachadas encaladas y electricidad, e incluso determinadas viviendas disponían ya de agua corriente o televisión.
La importancia del fenómeno era tal que la ribera del Jalón llegó a ser descrita en aquella documentación como “la ruta de las cuevas en Aragón”, destacándose además que en ninguna de aquellas localidades este tipo de vivienda alcanzaba la proporción existente en Épila.
Otro detalle poco conocido es que, tras el abandono progresivo de muchas cuevas, se llegó a plantear la plantación de pinos en los terrenos anteriormente ocupados por ellas, dentro de la profunda transformación que se pretendía realizar en los cabezos.
Pero la historia de las cuevas tampoco terminó con las viviendas construidas en 1966. En 2002, más de tres décadas después, el Gobierno de Aragón y el Ayuntamiento de Épila firmaron un convenio destinado a la rehabilitación de quince viviendas-cueva, con una inversión de 90.150 euros, actuándose en zonas como los cabezos del Calvario, Paños, Castillo, Manolín y Ballesteros, además de la calle Condesa.
Este dato resulta especialmente significativo: mientras una parte de las cuevas había desaparecido o dejado de utilizarse como vivienda, otras continuaban formando parte de la realidad urbana de Épila ya entrado el siglo XXI.
Por eso, la historia de las cuevas de Épila no puede limitarse únicamente al abandono de este tipo de vivienda en los años sesenta. Es una historia mucho más larga, que atraviesa buena parte del siglo XX y llega hasta nuestros días: primero como solución habitacional para cientos de familias, después como problema social y urbanístico y, finalmente, como un patrimonio histórico que merece ser documentado, estudiado y conservado.
Lo que durante generaciones fue simplemente el hogar de cientos de epilenses es hoy también una parte irrepetible de la historia y del paisaje de Épila.

jueves, 18 de junio de 2026

Café-Cine-Teatro-Cantante, Ambos Mundos de Épila.

🎬 Ambos Mundos: cuando Épila soñaba con la modernidad.
Hubo un tiempo en que las noches de Épila se iluminaban con el resplandor de una pantalla de cine, el sonido de una orquesta o el bullicio de un baile de carnaval. Un tiempo en el que nuestro pueblo, lejos de permanecer aislado, miraba con ilusión hacia la modernidad que recorría España. Uno de los mejores símbolos de aquella época fue, sin duda, el Cine-Teatro Ambos Mundos.
Según recoge Manuel Ballarín Aured en su obra Un paso adelante, cien atrás. Épila, 1931-1939, el Ambos Mundos abrió sus puertas en 1932, en la calle Condesa, impulsado por el emprendedor Épilense Pedro Giménez Lorente. Su llegada supuso un auténtico revulsivo cultural para la Villa, que hasta entonces contaba principalmente con el Cine-Teatro Principal como gran espacio de espectáculos.
Su propio nombre ya era toda una declaración de intenciones. "Ambos Mundos" evocaba modernidad, cosmopolitismo y un aire de gran ciudad. En aquellos años muchos negocios buscaban nombres que sonaran modernos y elegantes, reflejando una sociedad que quería avanzar y abrirse al futuro.
Pero el Ambos Mundos fue mucho más que un cine.
Sus paredes acogieron proyecciones cinematográficas, representaciones teatrales, espectáculos de varietés, funciones de zarzuela y numerosos actos festivos. Durante las fiestas patronales y el carnaval se convertía en uno de los centros neurálgicos de la diversión Épilense, rivalizando directamente con otros espacios de ocio de la localidad.
Las crónicas periodísticas de la época describen una Épila sorprendentemente dinámica. Los bailes se sucedían, las calles se llenaban de máscaras durante el carnaval y los locales rebosaban actividad. El Ambos Mundos era uno de esos lugares donde los vecinos se encontraban, conversaban, reían y compartían momentos que terminarían formando parte de la memoria colectiva del pueblo.
Situado en una de las zonas más concurridas de la localidad, cerca del entorno de las Cuatro Esquinas, formaba parte de un auténtico corredor de ocio y encuentro social. Allí acudían agricultores, obreros, comerciantes, jóvenes y familias enteras para disfrutar de una oferta cultural que hoy podría sorprender a muchos.
Lo que quizá más sorprenda al lector actual es comprobar que la Épila de los años treinta estaba mucho más conectada con las corrientes culturales de su tiempo de lo que solemos imaginar. El Ambos Mundos no era únicamente un cine o un teatro: era un escaparate de novedades, modas y formas de ocio que llegaban desde Zaragoza, Madrid o Barcelona.
Y no todas estaban exentas de polémica.
El propio libro menciona que algunos establecimientos de ocio de la época fueron objeto de comentarios y escándalos por ofrecer espectáculos considerados atrevidos para aquellos años. Se habla incluso de sesiones de strip-tease y de proyecciones que causaron revuelo entre los sectores más conservadores de la sociedad local. Lo que hoy podría parecernos algo anecdótico, hace casi un siglo daba mucho que hablar en las tertulias de las esquinas, los cafés y los casinos.
No resulta difícil imaginar a más de un joven Épilense buscando cualquier excusa para acercarse al Ambos Mundos cuando se anunciaba alguna novedad. Ni tampoco imaginar a más de un padre o una madre frunciendo el ceño ante aquellas costumbres modernas que parecían llegar a la villa desde las grandes ciudades.
Porque el Ambos Mundos era también eso: un punto de encuentro entre dos formas de entender la vida. La tradición convivía con la modernidad. Mientras unos acudían para ver una película, escuchar una zarzuela o asistir a una representación teatral, otros buscaban la emoción de descubrir aquello que rompía con las costumbres de siempre.
Durante los carnavales, además, el local cobraba una vida especial. Las máscaras ocultaban identidades, los bailes se prolongaban hasta altas horas de la madrugada y las orquestas ponían banda sonora a una de las fiestas más esperadas del año. Entre valses, pasodobles y alguna mirada furtiva, seguro que nacieron amistades, noviazgos e historias que nunca quedaron reflejadas en los periódicos, pero sí en la memoria de quienes las vivieron.
En una época sin televisión, sin internet y sin teléfonos móviles, lugares como el Ambos Mundos cumplían una función mucho más importante de la que hoy podríamos imaginar. Eran lugares para reunirse, divertirse, conocer gente, enamorarse y sentirse parte de una comunidad.
Resulta difícil imaginar hoy la emoción que suponía asistir a una de aquellas sesiones cinematográficas. Para muchos vecinos era la única oportunidad de asomarse a otros lugares del mundo, contemplar ciudades lejanas, escuchar nuevas músicas o descubrir historias que despertaban la imaginación.
Por eso el Ambos Mundos fue mucho más que un edificio. Fue un símbolo de una época, un referente cultural para varias generaciones y una muestra de que la vida social de la Épila de los años treinta era mucho más rica, moderna y vibrante de lo que a menudo pensamos.
Hoy apenas quedan recuerdos materiales de aquel lugar, pero las páginas de la historia nos permiten devolverle el protagonismo que tuvo y recordar que, mucho antes de las redes sociales, las plataformas digitales o los centros comerciales, los epilenses ya tenían su propia ventana al mundo.
Y esa ventana se llamaba Ambos Mundos.
📜 Basado en la obra de Manuel Ballarín Aured, "Un paso adelante, cien atrás. Épila, 1931-1939", y en las crónicas de prensa de la época recopiladas por el autor
La Voz de Aragón: diario gráfico independiente: Año XI, Número 2906 - Viernes 22 de Marzo de 1935 (1935-03-22) -

miércoles, 20 de mayo de 2026

Piedra Singular en Épila

En uno de los laterales de la escalinata de acceso a la iglesia de Santa María la Mayor de Épila se conserva una piedra singular que, pese a pasar prácticamente desapercibida para la mayoría de las personas, podría esconder tras de sí siglos de historia acumulada.

La pieza destaca inmediatamente sobre el resto del muro por varios motivos. Su tonalidad oscura contrasta fuertemente con los sillares y mampuestos claros que la rodean, mientras que su textura, tamaño y formas parecen responder a un origen diferente al resto del conjunto constructivo. Sobre su superficie pueden apreciarse varias hendiduras y marcas lineales profundamente erosionadas que forman trazos diagonales convergentes, visibles todavía pese al desgaste producido por el paso del tiempo.

La nueva perspectiva del entorno permite observar que la piedra se encuentra incrustada dentro de un muro de contención lateral de la escalinata, construido mediante reutilización de materiales diversos, algo extremadamente frecuente en Aragón durante siglos. En muchas obras medievales y modernas se reaprovechaban piedras procedentes de edificios anteriores, antiguas construcciones desaparecidas, murallas, viviendas derruidas, estructuras defensivas o incluso restos romanos e islámicos.

Este fenómeno de reutilización arquitectónica, conocido históricamente como “spolia”, era habitual tanto por economía como por practicidad. En pueblos con una continuidad histórica tan prolongada como Épila, donde convivieron etapas romanas, islámicas, mudéjares y cristianas, no resulta extraño que elementos de épocas anteriores acabaran incorporados a reformas posteriores.

La ubicación concreta de la piedra, junto a la iglesia parroquial, resulta especialmente sugerente. El entorno de Santa María la Mayor  o del Popólo constituye uno de los espacios históricamente más antiguos y transformados de la Villa. A lo largo de siglos, el templo fue ampliado, reformado y modificado en numerosas ocasiones, utilizando probablemente materiales existentes en el propio entorno urbano.

-Las marcas visibles sobre la superficie de la piedra podrían responder a varias interpretaciones:

-Antiguas marcas de cantería;

-Huellas de extracción o desbaste;

-Señales de ensamblaje;

-Erosiones funcionales;

-Ó incluso restos de grabados muy antiguos ya prácticamente perdidos por la erosión.
Sin un estudio arqueológico especializado sería imprudente afirmar que se trata de símbolos o petroglifos, aunque visualmente las líneas llaman poderosamente la atención por su aparente intencionalidad y geometría.

Otro aspecto importante es la propia naturaleza de la roca. Su color oscuro podría indicar una procedencia geológica diferente a la mayor parte de piedras utilizadas en el muro. Esto podría apuntar a que fue trasladada desde otro punto y reutilizada posteriormente en la construcción de la escalinata o de estructuras anteriores.

Este tipo de pequeños elementos son precisamente los que muchas veces conservan silenciosamente la memoria más antigua de los pueblos. Una simple piedra reutilizada puede haber pertenecido siglos atrás a otro edificio desaparecido, a una estructura defensiva, a una construcción medieval o incluso a algún elemento mucho más antiguo del pasado de Épila.

En demasiadas ocasiones el patrimonio histórico no desaparece únicamente por grandes derribos, sino también porque dejamos de mirar aquello cotidiano que lleva siglos delante de nosotros. Y quizá, en esa discreta piedra incrustada junto a las escaleras de la iglesia, permanezca todavía una pequeña huella de las muchas Épila que existieron antes de la actual.

sábado, 11 de abril de 2026

11 de Abril de 1713. Épila y el Tratado de Utrecht

Escudo erróneo en el cementerio de la Villa.

La villa de Épila ostenta los títulos de Excelentísima y Fidelísima debido a su histórica lealtad hacia la Corona española en momentos críticos de la historia de España.

Origen de los títulos Fidelísima Villa: Este título fue concedido por el rey Felipe V tras la Guerra de Sucesión. El monarca otorgó este honor —junto con un escudo de armas propio— como reconocimiento a la conducta de fidelidad que el pueblo de Épila mantuvo hacia su causa en un contexto de gran inestabilidad política.
Excelentísima Villa: Más tarde, el rey Alfonso XIII reforzó estos honores otorgándole el rango de Excelentísima en agradecimiento por la lealtad continuada del pueblo a la corona. Como gesto personal de afecto, Alfonso XIII llegó a donar al municipio todos los trajes que vistió desde su nacimiento hasta su muerte, los cuales se conservaron en el Palacio del Conde de Aranda.

Para entender por qué Felipe V fue tan generoso con Épila, hay que ponerse en el contexto de una España dividida. Durante la Guerra de Sucesión (1701-1713), el Reino de Aragón se posicionó mayoritariamente a favor del Archiduque Carlos de Austria. Sin embargo, Épila fue una de las pocas excepciones que se mantuvo firme al lado del candidato Borbón.

Aquí tienes los detalles clave de ese reconocimiento:

1. El valor de la "resistencia" en territorio enemigo
Al estar en pleno corazón de Aragón, la lealtad de Épila no fue fácil. El pueblo se negó a unirse a la causa austracista a pesar de la presión de las ciudades vecinas y de la nobleza aragonesa que apoyaba al Archiduque. Para Felipe V, tener un enclave fiel en una zona que le era hostil fue estratégicamente muy valioso.

2. La concesión del escudo y el Privilegio
Como premio, el rey no solo le dio el título de Fidelísima, sino que mediante un "Real Privilegio" le otorgó un escudo de armas que simboliza esa unión:Las barras de Aragón: Como signo de su identidad geográfica.
La flor de lis: El símbolo de la Casa de Borbón, colocada en el centro para dejar claro que Épila era "suya".
La corona real: Que remata el escudo, recordando que la villa dependía directamente del favor del monarca.

3. Exenciones y beneficios
En aquella época, ser nombrada "Fidelísima Villa" no era solo un adorno. Venía acompañado de ciertos privilegios económicos y administrativos. Esto permitía a la villa diferenciarse de los pueblos de alrededor que habían sido castigados con los Decretos de Nueva Planta, los cuales eliminaron los fueros aragoneses. Épila, al ser fiel, mantuvo un estatus de protección y favor real que ayudó a su prosperidad posterior.

4. El vínculo con el Conde de Aranda
No se puede olvidar que la familia nobiliaria de los Aranda (propietarios del palacio de la villa) era de las más influyentes de España y también se mantuvo leal a los Borbones. Esta alianza entre el pueblo y su señor local frente a la corona consolidó definitivamente el título.
Una de las anécdotas más curiosas y determinantes para que Épila consolidara su estatus de "Fidelísima" ocurrió durante la Guerra de Sucesión, concretamente en los momentos de mayor tensión en el Reino de Aragón.

El "Plantón" al Archiduque Carlos
Se cuenta que, mientras gran parte de las poblaciones aragonesas abrían sus puertas al Archiduque Carlos de Austria (el rival de Felipe V) y lo vitoreaban como su nuevo rey, Épila se mantuvo en una resistencia simbólica y política muy firme.
Cuando las tropas austracistas pasaban por la zona exigiendo sumisión y provisiones, los habitantes de Épila, alentados por la lealtad de la casa de los Condes de Aranda a los Borbones, no solo se negaron a colaborar voluntariamente, sino que mantuvieron las insignias de Felipe V a la vista.

¿Por qué fue tan relevante?
Para Felipe V, que estaba perdiendo el control de casi todo Aragón, que una villa tan estratégica (por su cercanía a Zaragoza y su importancia económica) se jugara el tipo permaneciendo fiel fue un gesto de valentía extrema.
Cuando las tropas borbónicas retomaron el control de la región tras la Batalla de Almansa, Felipe V no olvidó quiénes lo habían abandonado y quiénes se habían mantenido firmes. Mientras que a otras ciudades aragonesas les quitó sus fueros y privilegios como castigo, a Épila la premió con el título de Fidelísima y le permitió lucir la Flor de Lis (el símbolo de su familia, los Borbones) en el centro de su escudo.
Fue, literalmente, el premio por ser "la isla borbónica" en un mar de partidarios del bando austriaco.

El Tratado de Utrecht (1713) es la pieza final del puzzle que explica por qué Épila recibió sus honores. Este tratado puso fin a la Guerra de Sucesión Española a nivel internacional y reconoció oficialmente a Felipe V como Rey de España.

La relación directa con el título de la villa se resume en tres puntos clave:Legitimación del premio: Aunque Felipe V ya había ganado batallas decisivas en España (como la de Almansa en 1707), el Tratado de Utrecht fue el momento en que su reinado quedó blindado legalmente frente a Europa. Fue entonces cuando el monarca pudo dedicarse a reorganizar el país y recompensar oficialmente a los pocos lugares de Aragón, como Épila, que no le habían traicionado durante el conflicto.
Contraste con los Decretos de Nueva Planta: Mientras que el fin de la guerra trajo para la mayoría de Aragón la pérdida de sus fueros y leyes propias como castigo por apoyar al Archiduque Carlos (mediante los Decretos de Nueva Planta), Épila fue señalada como la excepción. El título de Fidelísima fue el mecanismo legal para que la villa mantuviera un estatus de privilegio y protección real en una región que, en su mayoría, había sido castigada.
La Paz de Utrecht y el nuevo Escudo: Con la paz garantizada por el tratado, Felipe V formalizó los honores heráldicos. La inclusión de la Flor de Lis borbónica en el escudo de Épila es la prueba física de que la villa fue considerada parte directa de la victoria personal del rey consolidada en Utrecht.
En resumen, si la guerra fue el examen, el Tratado de Utrecht fue el "diploma" que permitió a Felipe V repartir los premios de lealtad, convirtiendo a Épila en un referente de fidelidad borbónica en el Reino de Aragón.

El escudo de Épila es el testimonio visual de su lealtad durante la Guerra de Sucesión y la posterior firma del Tratado de Utrecht. Tras este conflicto, el escudo se transformó para reflejar el favor de la nueva dinastía reinante.

La transformación del Escudo
El escudo de armas actual de la villa es un escudo partido en pal (dividido verticalmente en dos mitades), que combina la historia local con los honores reales:Primer Cuartel (Izquierda): El honor Borbónico.En la parte superior (jefe) aparecen tres flores de lis de oro sobre un fondo azul (azur). Este es el cambio más significativo tras el Tratado de Utrecht, ya que la flor de lis es el símbolo de la Casa de Borbón. Felipe V las otorgó personalmente como premio a la fidelidad de la villa.
Debajo de las lises se encuentra una pila bautismal de oro sostenida por dos leones del mismo metal. Este elemento hace referencia al propio nombre de la villa ("É-pila") y a su tradición histórica.
Segundo Cuartel (Derecha): El linaje noble.Muestra los atributos de la familia Urrea (bandado de azur y plata), los antecesores de los Condes de Aranda. Esto recuerda el vínculo de la villa con la nobleza que también se mantuvo fiel al rey.


Significado tras Utrecht
La inclusión de estos elementos no fue meramente decorativa. Para un habitante de la época, ver el escudo de su villa con la flor de lis y timbrado con la corona real cerrada significaba que Épila gozaba de una protección directa del monarca frente a otras zonas de Aragón que habían perdido sus privilegios.
En definitiva, el escudo pasó de ser una simple identificación señorial a un estatus de distinción política avalado por el nuevo orden internacional que trajo la paz de Utrecht.