En el ámbito de las culturas festivas del valle medio del Ebro, y de forma particular en Aragón, las celebraciones de ciclo invernal han conservado elementos simbólicos cuya función trasciende la mera dimensión lúdica. Diversos estudios de historia cultural y antropología histórica han señalado que el Carnaval, lejos de constituir únicamente un espacio de inversión festiva, actúa como mecanismo ritual de señalamiento, purificación y renovación comunitaria. El caso del Carnaval de Épila resulta especialmente significativo dentro de este marco interpretativo (La referencia de “más de dos siglos” sitúa el carnaval Épilense antes de 1810 aproximadamente.)
La figura central de esta celebración, conocida como el Zaputero, responde tipológicamente al modelo europeo del pelele o efigie sacrificial¹. Su confección con materiales perecederos —paja, serrín y tejidos usados— subraya su carácter transitorio, mientras que su exposición pública en el balcón consistorial lo sitúa en una posición simbólica de visibilidad y juicio colectivo. La etimología del término, vinculada al aragonés zaputo (astuto, pícaro, sagaz), refuerza su asociación con la inversión carnavalesca del orden social descrita por la historiografía desde la Baja Edad Media.
El acompañamiento de las denominadas mascarutas con sus taleguillos, individuos enmascarados que distorsionan deliberadamente su identidad,( con la impunidad de la "careta" y Taleguillo) se inserta igualmente en patrones festivos documentados en múltiples territorios europeos. La ocultación del rostro y la alteración de la voz constituyen estrategias rituales que suspenden temporalmente la jerarquía social ordinaria, generando un espacio liminal donde la comunidad experimenta formas controladas de transgresión.
No obstante, la comprensión histórica de estos rituales exige atender a su relación con prácticas públicas de castigo y escarmiento propias del Antiguo Régimen. Durante varios siglos, la institución del Santo Oficio —suprimida de manera definitiva en 1834— organizó ceremonias penales conocidas como autos de fe, en las que los reos por delitos de fe eran expuestos ante la colectividad. Conversos judaizantes, moriscos y otros considerados herejes comparecían revestidos con insignias infamantes, mientras la lectura pública de las sentencias convertía el acto judicial en escenificación pedagógica del poder religioso y político. La ejecución por medio del fuego, aplicada por la jurisdicción civil, poseía entonces una dimensión simultáneamente punitiva y purificadora dentro de la cosmovisión religiosa de la época.
Aunque las prácticas carnavalescas contemporáneas carecen de esa violencia real, numerosos autores han subrayado la persistencia de estructuras simbólicas análogas: exposición pública de una figura representativa, atribución colectiva de culpas y destrucción final mediante combustión. La quema del Zaputero puede interpretarse, desde esta perspectiva, como una transposición ritual donde el castigo histórico se transforma en mecanismo simbólico de renovación social. El fuego deja de actuar sobre sujetos reales para operar sobre una representación material de los excesos asociados al periodo carnavalesco.
Fenómenos comparables se documentan en distintas localidades aragonesas y peninsulares mediante la quema del judas², peleles u otras efigies alegóricas que marcan el tránsito entre el tiempo festivo y el inicio del periodo cuaresmal. Tales prácticas evidencian la continuidad de un mismo lenguaje cultural de larga duración: la destrucción ritual de un símbolo como condición necesaria para la restauración del orden comunitario.
Desde esta perspectiva histórica, la pervivencia del Zaputero no constituye una simple reliquia folclórica, sino un ejemplo de transformación semántica de los rituales colectivos. Donde en la Edad Moderna el fuego expresó la coerción del poder religioso, en la contemporaneidad se resignifica como fuego purificador de carácter simbólico. La comunidad ya no asiste a la eliminación de individuos, sino a la dramatización de su propia capacidad de renovación.
Cuando el fuego purificador consume la efigie, el acto no implica únicamente la desaparición material de un muñeco festivo, sino la clausura ritual del tiempo excepcional del Carnaval y la restauración del equilibrio social ordinario. En ese tránsito entre combustión y ceniza pervive, despojada ya de violencia histórica, una antigua concepción europea de la comunidad: la idea de que toda regeneración colectiva requiere una destrucción simbólica previamente compartida.
En resumen: En Aragón, muchas fiestas tradicionales no son solo diversión, sino también memoria y símbolo. El Carnaval de Épila tiene en el Zaputero a su figura principal: un muñeco de paja que representa el desorden y las burlas propias de estos días.
Antiguamente, en las plazas públicas se celebraban autos de fe donde la Inquisición castigaba a herejes, judíos conversos o moriscos, muchas veces mediante el fuego. Aunque esa violencia terminó con la abolición del Santo Oficio en 1834, algunas fiestas conservaron la idea simbólica de mostrar, juzgar y quemar aquello que la comunidad quiere dejar atrás.
Hoy, cuando el Zaputero arde en el fuego purificador, no se castiga a nadie: simplemente se representa el final del Carnaval y el comienzo de un nuevo tiempo. Es una forma antigua de recordar que, para empezar de nuevo, a veces primero hay que dejar algo atrás.
En Aragón, la figura del Zaputero puede entenderse como una representación simbólica de aquellos moriscos, judíos conversos y herejes que, siglos atrás⁴, eran expuestos al escarnio público y juzgados en los autos de fe³, muchos de los cuales terminaban en el fuego entendido entonces como purificación. Aunque hoy el Carnaval carece de esa violencia real, la quema del muñeco mantiene una memoria transformada de aquellos rituales históricos.
En Épila están documentados varios autos de fe, y es probable que existieran muchos más que no quedaron registrados. Estas pequeñas escenificaciones simbólicas, aún presentes en distintos pueblos aragoneses, recuerdan cómo la comunidad utilizaba el fuego no solo como castigo, sino como cierre de un ciclo y comienzo de otro nuevo.
La quema del Judas y el Zaputero de Épila comparten un origen antropológico común basado en el rito de purificación mediante el fuego y la expulsión simbólica del mal en la comunidad.
Estas son sus principales similitudes: Personificación del "Pecador": En ambos casos se elabora un muñeco de trapo, paja o papel que representa una figura negativa. Mientras que el Judas personifica la traición bíblica, el Zaputero es considerado el "pecador" que carga con las culpas del pueblo durante el carnaval.
Juicio y Castigo Público: Las dos figuras son expuestas ante el pueblo antes de su ejecución. El Zaputero preside las fiestas desde el balcón del Ayuntamiento de Épila, de forma similar a como los Judas son colgados en plazas para ser "sentenciados".
Fin de un Ciclo: Ambas tradiciones marcan una transición espiritual o estacional. La quema del Judas celebra la Resurrección tras la Cuaresma, mientras que la quema del Zaputero en el Domingo de Piñata pone fin al desenfreno del carnaval para dar paso al recogimiento.
En España, la quema de figuras de paja y trapo es una tradición arraigada que simboliza la purificación, el fin de un ciclo o el castigo a personajes indeseables. Estas son las celebraciones más destacadas:
A. El Judas (Semana Santa)
Es la tradición más extendida de muñecos de paja. Se celebra generalmente el Domingo de Resurrección para simbolizar el castigo al traidor de Jesucristo. Alfaro (La Rioja): Se cuelgan más de cien muñecos de paja y ropa vieja por las calles que representan a personajes públicos o del espectáculo para ser quemados al mediodía.
Samaniego (Álava): Los jóvenes compiten por crear el mejor muñeco de paja, que lleva trece monedas en el bolsillo, antes de ser pasto de las llamas.
Alamillo (Ciudad Real): Una fiesta única donde se queman las "Muñecas" (que simbolizan la primavera) y el "Judas" (el invierno) el Sábado Santo.
B. El Pelele (Carnaval)
El pelele es un muñeco de paja y trapos que suele ser manteado y finalmente quemado al final del Carnaval para representar el fin de la fiesta y el desenfreno. En localidades como Ribera del Fresno (Badajoz), se quema para dar la bienvenida a la primavera y como símbolo de fertilidad.
Históricamente, el pelele representaba a figuras de autoridad o personajes que merecían escarneo público.
C. Los "Júas" y "Bujots" (San Juan)
Durante la noche del 23 de junio, además de las hogueras, en varias regiones se queman figuras específicas: Málaga: Se queman los júas, monigotes de trapo y paja rellenos de serrín que suelen caricaturizar a personajes famosos o eventos del año.
Menorca: Se celebra el ritual de "Matar es bujots", donde se cuelgan muñecos en las calles para ser tiroteados o quemados.
D. Otras variantes locales Entroido (Galicia): En muchos pueblos gallegos, un muñeco gigante de paja preside el Carnaval y su quema marca el cierre de las fiestas.
Fiestas patronales en Álava: Existen numerosos personajes locales como "Nikolasa Trotamundos" o el "Moro" que son paseados y finalmente quemados tras un "entierro" simulado.
1º- Un pelele o efigie sacrificial es una figura hecha normalmente con ropa vieja, paja, trapos o papel que representa simbólicamente a una persona, personaje o incluso a un concepto negativo (el mal, el invierno, los pecados, etc.).
Sentido tradicional- Se utiliza en fiestas populares, carnavales o rituales. Suele golpearse, colgarse o quemarse en público. El acto simboliza una purificación colectiva, la expulsión de lo malo o el final de un ciclo.
Origen simbólico- Estas prácticas tienen raíces muy antiguas: Ritos paganos ligados al cambio de estaciones y la fertilidad. Ceremonias medievales donde se representaba el castigo simbólico de un culpable. Tradiciones posteriores como la quema de muñecos en carnavales o fiestas de primavera.
Uso figurado- En lenguaje cotidiano, llamar a alguien “pelele” significa que es una persona manejable, sin voluntad propia o ridiculizada por otros.
2ª-La quema del Judas es una tradición popular festiva en la que se fabrica un muñeco —hecho con ropa vieja, paja o papel— que representa a Judas Iscariote, el apóstol que, según la tradición cristiana, traicionó a Jesús.
Ese muñeco se cuelga, apalea o quema en público, normalmente durante la Semana Santa o en fiestas de primavera.
Significado simbólico, Representa el castigo al traidor y la condena del mal.
Funciona como rito de purificación colectiva: al quemarlo, la comunidad “expulsa” lo negativo.
En algunos lugares el muñeco también simboliza problemas sociales, personajes impopulares o el invierno que termina.
Origen La costumbre mezcla: Tradiciones religiosas medievales ligadas a la Pasión.
Ritos antiguos de renovación primaveral, donde se destruía una figura simbólica para empezar un nuevo ciclo.
En Aragón, la quema del Judas ha formado parte de antiguas costumbres de Semana Santa y Pascua, aunque con el tiempo se ha perdido en muchos pueblos o se ha transformado en actos más simbólicos dentro del carnaval o fiestas de primavera.
Cómo se hacía tradicionalmente Se confeccionaba un pelele con paja y ropa vieja que representaba a Judas u otro personaje rechazado por la comunidad.
El muñeco se colgaba en una plaza o balcón, se leía a veces un testamento burlesco con críticas sociales y finalmente se quemaba o apaleaba. Participaban sobre todo niños y jóvenes, en un ambiente festivo más que religioso. Significado en la tradición aragonesa
Acto de purificación colectiva y despedida simbólica del mal o del invierno.
Espacio para la sátira popular, donde el “Judas” podía representar problemas del pueblo o figuras impopulares.
Mezcla de raíces cristianas medievales con ritos más antiguos ligados al cambio de estación.
Situación actual
Hoy la costumbre: Sobrevive de forma puntual en algunas localidades o recreaciones culturales.
En otros sitios ha sido sustituida por quemas de monigotes de carnaval u otras fiestas primaverales.
Si quieres, puedo buscar ejemplos concretos de pueblos aragoneses donde aún se recuerde o documente esta tradición.
3º- La Inquisición española, instaurada en la Corona de Aragón en 1483, utilizó los autos de fe como ceremonias públicas para sentenciar a los herejes, convirtiendo la quema de los condenados en la hoguera en el acto final de dichos eventos. Tras el asesinato de Pedro Arbués en Zaragoza en 1485 ( nacido en Épila en 1441) la represión en Aragón se volvió extremadamente severa. Los autos de fe funcionaban no solo como castigo, sino como un "espectáculo" de control social y religioso para reafirmar la fe católica ante la población aragonesa.
Naturaleza y Propósito: Acto de fe y propaganda que demostraba el triunfo del catolicismo y la autoridad inquisitorial.
La Escenografía: Se montaban grandes tablados en plazas (como la Plaza Mayor de Madrid) o iglesias, atrayendo a multitudes, autoridades y, a veces, a los reyes.
El Ritual: Procesión: Los condenados desfilaban en fila, a menudo montados en asnos, vistiendo sambenitos (sacos amarillos con cruces o símbolos de herejía) y capirotes.
Lectura: Se leían las sentencias públicas contra herejes, judaizantes, protestantes, sodomitas, etc..
Reconciliación: Los pecadores arrepentidos se reconciliaban con la Iglesia y recibían penitencias (azotes, multas, cárcel).
Relajación: Los relapsos (reincidentes) o impenitentes eran "relajados al brazo secular", es decir, entregados a la autoridad civil para ser quemados.
Tipos: Podían ser Autos Generales (grandes, con muchos reos) o Autillos (ceremonias más discretas en dependencias de la Inquisición).
Los autos de fe buscaban infundir temor, mantener la unidad religiosa y purificar la sociedad mediante la exhibición pública de la sanción.
4º- 1488, Proceso contra Francisco de Torres, neófito y habitante en Épila, acusado de herejía y de practicar ritos judaicos, Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición (Zaragoza)
Torres, Francisco - Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición (Zaragoza) Épila - Neófitos - Herejías - Prácticas judaicas
El Auto de Fe siguiente se celebró el 26 de marzo de 1591, y se inició con la acusación de Francisco Jayel, perteneciente, según nuestros datos, a una destacada familia morisca de la villa de Epila, citado también como tal por Aznar Cardona Se le acusó de menospreciar el poder y el honor de la Madre de Dios, ante una procesión en la que se pedía su intercesión para traer la lluvia, y por "hacer ceremonias de moro". Era un castigo que ya tenía precedentes desde el año 1556 y, ahora, tras sufrir y vencer el tormento, se le dieron públicamente 200 azotes.
En el libro de difuntos del año 1592, con fecha 24 de octubre, se reseña que un amotinado, llamado Tomás de Rueda, de 31 años, de Épila, fue mandado degollar. Sufriendo castigos como: Degollación, Galeras Reales, cárcel, de seis meses a tres años,200 o más azotes públicos, potro, mancuerna y garrucha..
También hay datos en Épila como el caso de Los sobrinos de Cándida Compañero, Miguel Enrique, Gabriel, Ana, Francisca y María Lupercia, hijos de Miguel E. Compañero y Esperanza Granada, relajados y muertos en Zaragoza en un Auto de Fe en 1608, y cuyas actas de bautismos hemos encontrado, partieron de España desde el pueblo aragonés de Épila con su abuelo materno, Jerónimo Granada, formando parte de la caravana de moriscos expulsados en mayo de 1610 y según algunas noticias sobre los moriscos expulsados parece que eligieron Túnez como su segunda patria.2
-Incluso tras la expulsión nos encontramos con moriscos refugiados en la ciudad, como es el caso de María Castellano, de Épila, juzgada por la Inquisición en 1611,en octubre de 1611, es apresada en Huesca María Castellano, de veintiocho años, soltera y natural de Épila, quien para evitar el exilio se refugió en la ciudad; confiesa ser mora desde los dieciséis años y es condenada a 10 ducados de multa y cárcel perpetua....3
-Y yo conocí en Epila una morisca viuda y vieja, llamada la tía Blanca, o Castellana, a quien yéndole a pedir uno de los dichos procuradores el sueldo para las armas, ella como era vieja no acabava de acordarse para que empleo se cobrava, mas declarando que era para lo contratado contra los christianellos (vocablo suyo) respondió, para esso si por cierto aunque no tengo mas de dos reales guardados para unas medias calças que voy sin ellas, pero por favorecer a tan buena obra yo me sufriré mi necesidad. Esto oyeron, dos vezinos christianos viejos de quienes los moriscos no se recatavan, porque vezinos entre ellos, y estos lo publicaron al punto por todo el lugar, y la muger ni lo osava negar ni afirmar, antes se escondía confundida, donde no la diessen con su dicho en la cara.- - luan de luana Morisco, tenido por alfaquí de Epila, el qual como dando pelillo, y señalando que los echavan sin causa, me dixo, no nos echen de España, que ya comeremos tocino y beberemos vino: A quien respondí: el no beber vino, ni comer tocino, no os echa de España, sino el no comello por observancia de vuestra maldita secta. Esto es heregia y os condena y sois un gran perro, que si lo hizierades por amor de la virtud de la abstinencia fuera loable; como se alaba en algunos Santos, pero hazeyslo por vuestro Mahoma, como lo sabemos, y os vemos maltratar por extremo a vuestros propios hijos, de menor edad, quando os consta que en alguna casa de christianos viejos, les dieron algún bocadillo de tocino y lo comieron por no ser aun capaces de vuestra malicia..
También existen libros como Practica de Exorcistas y Ministros de la Iglesia por el Padre Benito Remigio de 1612 donde relata el exorcismo a un morisco llamado Geronimo Peix, el Padre Prior del Convento de San Sebastián de los Padres Agustinos en Épila le sacó de tres demonios mediante el exorcismo que la Iglesia tiene preparados para tal fin describe el libro:
“Dicho en cierta ocasion el Prior de dicho colegio de S.Sebastian del los PP. Agustinos en la villa de Épila a un endemoniado llamado Geronimo Peix morisco, dexandole asi echado en el claustro del Convento mientras que iba a tomar la refeccion ordinaria de su comunidad, y viendole sus parientes, y conocidos al desventurado muy desfallecido por no aver tomado en dos dias algun sustento de compasion, le dixeron: Levantaos un poco, y sentao, tomareis vn refresco, para reparo de vuestra fatiga; y en esto bolvio los ojos indignados, y el rostro fiero, diziendo estas formales palabras: Bellacos, descreídos, faltos de Fe, no veis que estoy atado por aquel ministro de Dios? Pensais que puedo, no mas de estrecharme asi como quiera ligeramente?Pues sabed que estoy muy agarrotado, que si lo estuviera con cadenas de hierro; y asi no os canséis en confiar que me levante, que no puedo, aunque quiera, fin tener licencia, porque esta es la fuerza y poderío del Ministro de Dios, y aun mayor. Borvio el dicho P.Prior, y lancó de tres demonios mediante los exorcismos que la Iglesia tiene señalados para este efecto y en virtud de la poderosa palabra del Evangelio. P.FR. Gerónimo Aznar en su libro titulado Expulsión Justificada de los Moriscos.
También hablar de las marcas del demonio detalladamente dibujadas y descritas en el acta del proceso incoado por el conde de Aranda en 1631 contra Ana Marco de Épila por brujería y hechicería. Manuscrito procedente del archivo de la Inquisición de Aragón, ahora en Bibliothéque de la Ville, Burdeos.
Y por otro lado Sabemos asimismo que el nuevo Inquisidor General procedió inmediatamente con su energía característica a hacer uso de sus poderes, nombrando nuevos inquisidores y estableciendo nuevos tribunales en las diversas regiones de la península, y así en la primavera de 1484 nombró para el de Valencia a Juan de Épila (que antes fue inquisidor del Tribunal de Zaragoza, los primeros autores fechaban la creación del tribunal en febrero de 1482 con la designación de fray Juan de Épila como inquisidor (Contreras-Dedieu, 91)) y Martín de Iñigo 15•
Evidentemente, pues, los inquisidores que antes de estos nombramientos existían ya en Valencia eran los de la Inquisición medieval puede verse ZURITA, Anales de Aragón, l. 20, cap. 65, p. 342, ed. de Zaragoza . 1610. Véase también L EA, H. C., A Mstory of thc lnqnisitio11 of Spain, t. I, p. 237 ss
La documentación confirma que efectivamente fray Juan de Épila actuaba a principios de 1482 como inquisidor en Zaragoza, estuvo acompañado en el ejercicio de sus funciones por el vicario general de la diócesis de Zaragoza, Pedro Monforte.
y Juan de Épila exhortaba a los feligreses a denunciar los comportamientos heréticos bajo pena de excomunión.


























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