Un breve recorte publicado el 02 de agosto de 1855 nos acerca a uno de los episodios más interesantes —y quizá menos conocidos— de la historia de Épila:
«El edificio que fue convento de Capuchinos con su huerta, sin comprender los despojos de los sepulcros de los señores condes de Aranda, adjudicado en 29.870 reales de vellón».
Expresado con palabras actuales, el documento comunica que el edificio del antiguo convento de Capuchinos de Épila, junto con su huerta, había sido vendido en subasta pública por la cantidad de 29.870 reales de vellón, la moneda empleada entonces.
La palabra «adjudicado» indica que la subasta ya había concluido y que el inmueble había sido otorgado al comprador cuya oferta resultó aceptada. Esta operación debe entenderse dentro del proceso desamortizador del siglo XIX, durante el cual numerosos bienes pertenecientes a comunidades religiosas pasaron a ser considerados bienes nacionales y posteriormente fueron vendidos.
Sin embargo, el recorte contiene una aclaración especialmente llamativa: la venta se realizó «sin comprender los despojos de los sepulcros de los señores condes de Aranda».
Con esta expresión se indicaba que los sepulcros y los restos funerarios vinculados a los condes de Aranda no formaban parte de la venta. Un anuncio anterior de la Gaceta de Madrid lo explicaba todavía con mayor claridad: quedaban excluidos «por ser de su propiedad». Por tanto, no se estaban vendiendo los enterramientos junto con el edificio y la huerta, sino que se respetaba expresamente su pertenencia a la Casa de Aranda.
Este documento también nos confirma la estrecha vinculación que existió entre el convento capuchino y una de las familias nobiliarias más importantes de la historia de Épila. Incluso en el momento de desprenderse del inmueble, las autoridades dejaron constancia legal de que los sepulcros de los condes de Aranda quedaban fuera de la operación.
El antiguo convento estaba situado extramuros de la villa, junto al camino de la Magdalena y la acequia de la Villa. Su huerta se encontraba cercada por tapias, estaba poblada de árboles frutales y tenía una extensión aproximada de dos cahíces de tierra.
Medio siglo después de aquella adjudicación, en octubre de 1905, el edificio fue adquirido por las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Gracias a aquella compra, el antiguo convento y su iglesia se salvaron de una ruina que ya parecía próxima y comenzaron una nueva etapa dedicados al cuidado de las personas mayores.
Este pequeño recorte, aparentemente sencillo, encierra en pocas líneas una parte muy significativa de nuestro pasado: la desamortización y venta de un edificio religioso, la presencia funeraria de los condes de Aranda y la posterior recuperación de un inmueble histórico que ha continuado formando parte de la vida de Épila.
Una vez más, un antiguo documento nos recuerda que detrás de cada edificio de nuestra villa existen siglos de historia esperando ser conocidos, explicados y conservados.
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Diario de Zaragoza : periódico político y de noticias generales y avisos: Número 66 _ 19/03/1889
1889: la inauguración del Asilo de Épila
Una nueva noticia histórica nos permite completar y precisar la historia del antiguo Asilo de Ancianos de Épila.
El Diario de Zaragoza, en su número 66, publicado el 19 de marzo de 1889, recogía la siguiente información: «Con objeto de inaugurar un asilo para las Hermanitas de los pobres saldrá mañana con dirección a Épila el Ilustrísimo señor Supervía, auxiliar de la diócesis».
Este breve recorte demuestra que el 20 de marzo de 1889 estaba prevista la inauguración en Épila de un asilo relacionado con las Hermanitas de los Pobres. Para solemnizar el acontecimiento se desplazó hasta la villa el señor Supervía, obispo auxiliar de la diócesis.
El documento es especialmente valioso porque confirma que la labor asistencial de las religiosas y la existencia de un asilo en Épila comenzaron, al menos, en 1889.
Hasta ahora conocíamos que, en octubre de 1905, las Hermanitas de los Ancianos Desamparados adquirieron el edificio y la iglesia del antiguo convento de Capuchinos, salvándolo de una ruina que parecía próxima. Sin embargo, este nuevo recorte demuestra que el asilo ya existía dieciséis años antes.
Por tanto, la fecha de 1905 no debería considerarse necesariamente como el comienzo de la institución en Épila, sino como el momento en el que las religiosas adquirieron el antiguo convento de Capuchinos para instalarse definitivamente, ampliar su labor o trasladar hasta allí el asilo que ya funcionaba desde 1889.
Será necesario localizar nuevos documentos para conocer dónde se encontraba aquel primer establecimiento, quién promovió su creación y en qué momento se produjo exactamente el traslado al antiguo convento. También convendría aclarar si la expresión «Hermanitas de los Pobres» utilizada por el periódico se refería de manera genérica a las religiosas encargadas de los ancianos o identificaba oficialmente a una congregación concreta.
En cualquier caso, el recorte constituye un descubrimiento documental de enorme importancia para la historia social de Épila: nos permite retrasar hasta el 20 de marzo de 1889 el inicio documentado de una labor de acogimiento y cuidado de las personas mayores que se prolongaría durante más de un siglo.
De esta manera comienza a completarse una historia extraordinaria:En 1855, el antiguo convento de Capuchinos y su huerta fueron adjudicados por 29.870 reales de vellón, quedando excluidos de la venta los sepulcros de los condes de Aranda.
El 20 de marzo de 1889 se inauguró en Épila un asilo relacionado con las Hermanitas de los Pobres.
En octubre de 1905, las Hermanitas de los Ancianos Desamparados adquirieron el antiguo convento y su iglesia, salvando el conjunto de una ruina próxima.
Durante las reformas de 2002 apareció un importante vano de la estructura histórica del convento, que posteriormente volvió a quedar oculto.
El famoso Pino del Asilo se convirtió durante generaciones en un símbolo del lugar y dio origen a la expresión popular epilense «ir a parar al Pino».
Cada documento y cada fotografía añaden una nueva pieza a esta historia. Lo que comenzó siendo un convento fundado bajo el patrocinio de los condes de Aranda terminó convirtiéndose en un lugar de acogida para nuestros mayores y en una parte inseparable de la memoria colectiva de Épila.
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Un importante vestigio del antiguo convento salió a la luz en 2002
Durante las reformas realizadas en 2002 en el convento de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados apareció un elemento arquitectónico que llevaba oculto durante un tiempo indeterminado: un antiguo vano de perfil moldurado, posiblemente perteneciente a la estructura histórica del exconvento de Capuchinos, fundado bajo el patrocinio de los condes de Aranda en el siglo XVII.
No se trataba, por tanto, de una simple abertura en una pared. Era un vestigio material de varios siglos de antigüedad y una prueba visible de la configuración que pudo tener el convento antes de sus sucesivas reformas y transformaciones.
El descubrimiento ofrecía una oportunidad extraordinaria para estudiar el edificio: determinar la antigüedad del vano, conocer su función original, comprobar a qué estancia daba acceso y averiguar si podía guardar alguna relación con las dependencias conventuales o funerarias mencionadas en los documentos históricos.
Además, su aparición adquiere todavía mayor importancia al conocer el recorte de 1855 que habla expresamente de los sepulcros de los condes de Aranda existentes en el antiguo convento. No podemos afirmar que este vano tuviera relación directa con aquellos enterramientos, pero la coincidencia demuestra la necesidad de haber realizado un estudio histórico y arquitectónico detallado antes de volver a cubrirlo.
La fotografía tomada durante las obras posee hoy un enorme valor documental. Es el testimonio de un momento irrepetible: aquel en el que una parte desconocida del antiguo convento, escondida durante generaciones, volvió a contemplar la luz.
Lamentablemente, el vano fue nuevamente cerrado y cubierto con cemento. En la actualidad su perfil ha desaparecido por completo de la vista y la superficie exterior presenta además diversas pintadas. Desconocemos si el elemento continúa conservado detrás del cerramiento, si fue alterado o si llegó a documentarse técnicamente antes de quedar oculto.
Por eso, este descubrimiento merece ocupar un lugar destacado en la historia del edificio. Aunque hoy no podamos contemplarlo, la fotografía demuestra que allí existió —y quizá todavía exista— un vestigio auténtico del convento capuchino del siglo XVII.
Épila no solamente conserva su historia en archivos y documentos. En ocasiones, esa historia reaparece físicamente entre sus muros. El hallazgo de 2002 fue una de esas ocasiones: durante un breve periodo, el antiguo convento abrió literalmente una ventana hacia su pasado. Después volvió a cerrarse, pero la fotografía consiguió preservar su memoria.
El famoso Pino del antiguo Asilo de Épila
Gracias a la colaboración de uno de nuestros vecinos podemos cumplir la palabra dada. Aquí tenemos, por fin, una fotografía en la que aparece el famoso Pino que se alzaba junto al antiguo Asilo de Ancianos de Épila.
No era solamente un árbol de grandes dimensiones. Su enorme copa destacaba sobre el paisaje de la villa, servía como punto de referencia y llegó a quedar unida para siempre a una conocida expresión popular epilense: «Al final iremos a parar al Pino».
Cuando una persona alcanzaba una edad avanzada y no tenía familiares que pudieran atenderla, se decía que terminaría alojándose «en el Pino». Era una manera popular de referirse al Asilo de Ancianitos Desamparados, donde las religiosas acogían y cuidaban a quienes ya no podían mantenerse por sí mismos.
La expresión contenía cierta resignación, pero también reflejaba una realidad social de aquellos años: la de muchas personas solteras, humildes o sin familia que, después de toda una vida dedicada al trabajo físico, encontraban allí protección, alimento y cuidados durante su vejez.
El testimonio de Joaquín Sobreviela Alonso
Nuestro amigo Joaquín Sobreviela Alonso recuerda que esta expresión era muy corriente en las conversaciones de hombres solteros, sin familia y generalmente humildes: «Total, iremos a parar al Pino».
También se decía: «Para ir a parar al Pino…».
Se referían así a aquellas personas solitarias que, cuando la edad y el agotamiento les impidieran continuar ganándose el sustento con su trabajo, terminarían siendo recogidas y atendidas en el Asilo de Ancianitos Desamparados de Épila.
La importancia del árbol fue tal que llegó a quedar reflejado en antiguos planos de la localidad. Joaquín señala que aparece en el Plano General Parcelario de las Acequias de la Villa y de la Hermandad, conservado en la la Comunidad de Regantes de la Villa de Épila y realizado en 1910 por el célebre ingeniero topógrafo zaragozano Dionisio Casañal.
Que el Pino figurase en un plano técnico demuestra que no era un árbol cualquiera: su tamaño y su presencia lo habían convertido en un elemento destacado y reconocible del paisaje epilense.
Los recuerdos de nuestros vecinos
Nuestra vecina Nati Bazán conserva también algunos recuerdos de aquel árbol: «Yo viví cerca de él hasta 1960 y, aunque era muy pequeña, creo que recuerdo haberlo visto».
Javi Mar-cas, por su parte, ha identificado en la fotografía la casa de sus abuelos, situada al fondo, en la parte superior derecha, donde nació su padre. Recuerda que, desde la replaceta de sus abuelos y por encima de las casas, podía contemplarse perfectamente el Pino.
También conserva en su memoria el año del cólera, cuando se instaló allí un punto de vacunación. Los vecinos accedían por aquella zona y esperaban formando una fila en la calle, mientras el gran Pino continuaba presidiendo el lugar. Según su recuerdo, el árbol pudo ser cortado posteriormente con motivo de alguna reforma realizada en el asilo.
Finalmente, nuestro vecino Agustín G. Lázaro lo describe como: «Un señor pino piñonero que, a juzgar por su porte, no debía tener menos de 125 o 150 años».
Aunque esta estimación no puede confirmarse sin documentación técnica, su extraordinario tamaño demuestra que debía tratarse de un ejemplar muy antiguo, profundamente arraigado en aquel lugar y conocido por varias generaciones de epilenses.
Mucho más que un árbol
La fotografía fue realizada en 1973, cuando el Pino todavía mostraba su impresionante silueta junto a la Residencia de Ancianos Desamparados. Desconocemos con exactitud cuándo se secó o fue finalmente retirado, pero no debieron de transcurrir demasiados años desde que se tomó esta imagen.
Hoy el Pino ya no existe, pero continúa vivo en las fotografías, en los planos antiguos, en las expresiones populares y, sobre todo, en los recuerdos de nuestros vecinos.
Su historia nos habla de la vejez, de la soledad y de las dificultades de una época, pero también de acogimiento, solidaridad y cuidados. Las monjitas del asilo ofrecieron durante muchos años un hogar a quienes, al final de una larga vida, ya no tenían fuerzas ni recursos para seguir adelante.
Por eso, «ir a parar al Pino» no era solamente una frase. Era una forma muy epilense de nombrar el destino de aquellas personas que acabarían sus días acogidas por una institución tan humilde como necesaria.
Gracias a Joaquín Sobreviela Alonso, Nati Bazán, Javi Mar-cas y Agustín G. Lázaro por compartir sus conocimientos y recuerdos. Gracias a sus testimonios, el famoso Pino del Asilo vuelve hoy a ocupar el lugar que merece dentro de la memoria y de la gran historia de Épila.
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Un edificio que continúa escribiendo su historia
Y para cerrar este recorrido, contemplamos el antiguo convento de Capuchinos tal como se conserva en la actualidad.
Han pasado siglos desde su fundación bajo el patrocinio de los condes de Aranda; más de 170 años desde su venta en 1855; 137 años desde la inauguración documentada de aquel primer asilo en 1889, y 121 desde que las Hermanitas de los Ancianos Desamparados adquirieron el conjunto en 1905 y lo salvaron de una ruina que parecía inevitable.
El famoso Pino ya no se alza junto al edificio, pero permanece vivo en las fotografías, en los planos y en aquella expresión tan epilense de «ir a parar al Pino». El antiguo vano descubierto en 2002 volvió a quedar oculto, aunque su imagen conserva para siempre la memoria de aquel importante hallazgo.
Frente al edificio continúa en pie uno de los peirones mejor conservados de nuestra villa, como un silencioso testigo de todas las personas que durante generaciones atravesaron esta entrada: religiosas, trabajadores, familiares y, sobre todo, nuestros mayores.
Esta fotografía tomada en 2024 no muestra únicamente una residencia. En ella contemplamos un lugar que ha sobrevivido a la desamortización, a las ventas, a las reformas y al paso del tiempo; un edificio que pasó de ser convento y panteón vinculado a los condes de Aranda a convertirse en refugio, hogar y lugar de cuidados.
Entre sus muros permanecen escondidas muchas páginas que todavía desconocemos. Algunas aparecen en antiguos periódicos; otras, durante una reforma; y muchas continúan vivas en los recuerdos de nuestros vecinos.
Este edificio es patrimonio, historia y memoria humana de Épila. Conocerlo es comprender mejor de dónde venimos; conservarlo es una responsabilidad compartida, y contar su historia es la mejor manera de impedir que caiga en el olvido.
Porque la gran historia de Épila no solamente se encuentra en los libros: permanece delante de nosotros, en sus edificios, en sus árboles desaparecidos, en sus expresiones populares y en la memoria de quienes todavía pueden contárnosla.