Durante generaciones, centenares de familias epilenses vivieron literalmente dentro de los cabezos que rodean nuestro pueblo. Allí nacieron niños, se formaron familias, se trabajó, se pasó frío, hambre y calor, se celebraron fiestas, se hicieron rondas y bailes y transcurrió la vida cotidiana de una parte importantísima de la población. Hoy contemplamos aquellos cabezos y resulta difícil imaginar su aspecto hace apenas unas décadas.
Donde ahora vemos laderas, restos de antiguas entradas o zonas profundamente transformadas, hubo calles de cuevas encaladas, puertas, ventanas, chimeneas, corrales y familias enteras viviendo unas junto a otras. No fueron cuatro cuevas aisladas. Épila llegó a tener prácticamente otro pueblo excavado bajo tierra.
Tambien se vieron familias vivir la extrema pobreza como en la zona de los cabezos llamado el "Raboso". Tambien existía clases entre los propios cabezos, unos no querían juntarse con otros, eran como diferentes "Épilas" como la azucarera, el centro del pueblo, los cabezos y el raboso...
LAS CUEVAS YA ESTABAN AQUÍ HACE DOS SIGLOS
La documentación histórica permite retroceder mucho más allá del siglo XX. Los documentos recopilados sobre Épila indican que la construcción de cuevas era ya abundante durante las primeras décadas del siglo XIX. Y desde 1841 conservamos peticiones extraordinariamente explícitas dirigidas al Ayuntamiento por vecinos que solicitaban terreno para excavar su propia vivienda.
El 21 de febrero de aquel año, Vicente Romero y Francisco Martínez solicitaron permiso para realizar unas cuevas en la subida del Castillo. El motivo no dejaba lugar a dudas: eran cuevas para vivir.
Ese mismo año, Francisco Martínez, que explicaba encontrarse sin trabajo continuado en su oficio de sastre, pretendió abrir otra cueva para habitación en la zona del Castillo. Incluso estos trabajos estaban sometidos al control municipal: su solicitud terminó siendo denegada y se le advirtió de una multa si continuaba excavando.
Dos años después, en 1843, Luis Moreno solicitaba catorce varas para construir una cueva destinada a vivienda. También Francisco Ibáñez pidió permiso para abrir la suya en el Castillo, hacia Capuchinos. En 1844, Santos Alambra solicitó doce varas de terreno para hacer una casa-cueva y explicaba que aprovecharía para trabajar en ella aquellos días de invierno en los que no tuviera jornal u otra ocupación.
Ese pequeño detalle es probablemente uno de los que mejor permiten comprender aquella realidad. Muchas viviendas se construían literalmente con el trabajo de quienes necesitaban un techo.
JORNALEROS QUE EXCAVABAN SU PROPIA CASA
Las solicitudes se multiplican durante los años siguientes. Aparecen nombres, oficios y lugares que nos permiten reconstruir sobre el papel aquel otro Épila: Castillo, Matalambre, Nevería, Calvario, Capuchinos, Pilón de la Salve, Balconcillo, Santa Ana, el tendedor de Paños, Ferruchiches...
En numerosos documentos aparece además una palabra que ayuda a comprender el origen social de muchas de aquellas viviendas: jornalero.
Mariano Martínez solicitaba en 1846 terreno en Matalambre para construir una cueva. Antonio Larena hacía algo semejante junto al Balconcillo. Francisco Remiro pedía terreno entre la Nevería y el tendedor de Paños. En 1858, Ignacio Remiro, casado y jornalero, solicitaba dieciséis varas detrás del Calvario para excavar una cueva.
Uno de los documentos más reveladores es el de Jerónimo Martínez Romero, fechado en enero de 1849.
Era jornalero y quería construir una cueva sobre la calle Santa Ana. Explicaba que deseaba emplearse él mismo en hacerla y ocupar también en aquellos trabajos a algunos de sus hijos. Pero añadía algo todavía más interesante: en aquella calle ya existían otras cuevas realizadas muchos años antes y que formaban parte de la población. Es decir, ni siquiera en 1849 aquellas viviendas eran una novedad.
Otro documento proporciona una pista todavía anterior. En marzo de 1846, Francisco García Zaguerri declaraba que poseía en el Castillo una cueva en la que habitaba desde hacía más de veinte años, y solicitaba permiso para proporcionar luz y ventilación a uno de sus cuartos. Por tanto, el hábitat en cuevas estaba plenamente arraigado en Épila mucho antes de mediados del siglo XIX.
NO TODO ERAN VIVIENDAS: TAMBIÉN BODEGAS
Los mismos cabezos fueron utilizados para excavar numerosas bodegas. La documentación menciona bodegas vinarias en la Nevería, el Calvario, Capuchinos, el Pilón de la Salve y otros puntos.
En algunos casos resulta incluso difícil separar ambas funciones, porque aparecen referencias a cuevas, casas-cueva, bodegas y bodegas-vivienda.
La tierra proporcionaba espacio para vivir, pero también unas condiciones especialmente adecuadas para conservar productos y vino.
Y esa combinación explica en buena medida por qué los cabezos terminaron formando parte inseparable del paisaje urbano y económico de Épila.
CINCO CABEZOS Y CENTENARES DE CASAS
Con el paso de las décadas, aquello adquirió unas dimensiones extraordinarias. Las fuentes recopiladas citan a Pierre Loubes, quien refiere la existencia de aproximadamente 750 cuevas utilizadas como vivienda, distribuidas entre cinco cabezos y habitadas por unas 2.500 personas.
Una información de prensa de septiembre de 1966 manejaba cifras prácticamente idénticas: alrededor de 755 cuevas y unas 2.500 personas, aproximadamente la mitad de la población de Épila.
Aquellas viviendas se distribuían por los cabezos del Castillo, Manolín, Paños, Ballesteros y Calvario. Algunas disponían de tres, cuatro e incluso cinco habitaciones. Las fachadas aparecían encaladas y la prensa de la época destacaba una de las ventajas naturales de estas construcciones: una temperatura interior mucho más estable, fresca durante el verano y templada durante el invierno. Según aquella información, tenían electricidad y algunas disponían incluso de agua corriente y televisión.
Las casas-cueva tampoco eran exclusivas de Épila. Existieron en otras localidades de la ribera del Jalón.
Lo excepcional en Épila fue la enorme dimensión que alcanzó este modelo de vivienda. Y eso convirtió nuestros cabezos en algo verdaderamente singular.
Fotografía aérea de Épila de 1956.
1952: UNA FOTÓGRAFA ALEMANA RETRATA AQUELLA ÉPILA
Hay documentos que cuentan la historia y fotografías que consiguen que casi podamos entrar en ella. En 1952, la fotógrafa alemana Erika Groth-Schmachtenberger pasó por Épila durante uno de sus viajes por España y fotografió la vida de sus habitantes en los cabezos. Sus imágenes son hoy un documento etnográfico extraordinario. No fotografió restos ni cuevas abandonadas. Fotografió hogares habitados.
Hombres, mujeres y niños aparecen delante de las entradas de sus viviendas. La propia descripción asociada a una de aquellas fotografías presentaba a Épila al observador extranjero como un pueblo extraordinariamente caracterizado por sus casas-cueva y por sus vecinos sentados ante sus puertas.
Esas fotografías poseen hoy un valor difícil de calcular porque nos permiten poner rostros a lo que, de otro modo, serían únicamente cifras. Las 750 cuevas dejan entonces de ser 750 números. Eran 750 hogares.
EN LOS CABEZOS TAMBIÉN SE BAILABA
Y probablemente aquí aparezca una de las partes más bonitas de esta historia. Sería un error explicar las cuevas únicamente desde la pobreza o la necesidad. Aquellos lugares también tuvieron su propia vida social.
Los recuerdos recopilados sobre el Cabezo Manolín y el Cabezo Ballesteros nos transportan a los años cincuenta, cuando músicos del pueblo recorrían los cabezos con guitarras, bandurria y laúd.
Mariano Monteagudo tocaba la bandurria; Mariano Calvo, conocido como Chimillas, la guitarra; José Sola Inaga cantaba y tocaba; Adolfo Colás llevaba también guitarra y Aurelio tocaba el laúd.
Organizaban rondas por los cabezos y, varias veces al mes, después llegaba el baile. Se recuerdan particularmente la era La Brisa y la era El Gordo, en Ballesteros. Allí estaba la gente. Allí había música.
Allí había vecinos que se conocían, trabajaban juntos y compartían sus momentos de diversión.
Parte de aquella población humilde obtenía además algún sustento fabricando sogueta con el esparto recogido en los alrededores de Épila.
Por eso, cuando hoy miramos un cabezo, deberíamos intentar realizar un pequeño ejercicio de imaginación: donde hoy vemos monte, ellos veían barrio.
EL CASTILLO, SUS CUEVAS Y UNA CRUZ SOBRE EL PUEBLO
El Cabezo del Castillo ocupa, además, un lugar especial dentro de esta historia. No solamente concentró numerosas viviendas excavadas. Sobre él se encuentra uno de los símbolos más reconocibles del paisaje de Épila.
El 26 de diciembre de 1899, la Junta General del Casino de la Amistad acordó aportar 25 pesetas para adquirir una cruz con motivo de la llegada del nuevo siglo.
El 1 de enero de 1901 se instaló en lo alto del Castillo aquella cruz de hierro dedicada a Cristo Redentor.
En ese mismo lugar, antiguas fotografías aéreas y observaciones recogidas por vecinos han señalado posibles escalones muy erosionados y antiguas hiladas de sillares o huecos asociados a la plataforma donde habría estado el Castillo. Son referencias que deben tratarse como indicios y testimonios, no como una identificación arqueológica demostrada, pero que refuerzan la necesidad de estudiar adecuadamente todo este conjunto. Cuevas, antiguo Castillo, Cruz y cabezos forman así distintas capas de un mismo paisaje histórico.
1965-1966: EL PRINCIPIO DEL FINAL
A mediados del siglo XX, aquella forma de vida comenzó a desaparecer rápidamente. Y aquí debemos hacer una aclaración importante porque las distintas fuentes conservadas ofrecen cifras diferentes.
Una de las recopilaciones sobre 1965 habla de aproximadamente 800 vecinos viviendo entre los cinco cabezos y de la construcción de 185 viviendas con el propósito de sacar de ellos al mayor número posible de familias.
Sin embargo, la información periodística publicada en septiembre de 1966 hablaba todavía de unas 755 cuevas y alrededor de 2.500 habitantes.
La diferencia es demasiado importante como para ocultarla o intentar forzar una explicación que no tenemos.
Probablemente estamos ante fuentes, criterios de recuento o momentos diferentes. Por ello, desde el punto de vista histórico, lo correcto es mantener ambas cifras atribuidas a sus respectivas fuentes hasta que nueva documentación permita aclarar completamente la cuestión.
Lo que sí resulta indiscutible es la enorme dimensión del fenómeno y que durante aquellos años se aceleró la transformación urbana de Épila.
CUANDO ÉPILA SALIÓ DE LOS CABEZOS
La construcción de nuevas viviendas fue cambiando progresivamente el pueblo.
La primera gran expansión del siglo XX, al margen de la particular barriada de la Azucarera, había comenzado ya a mediados de los años cuarenta en torno a avenida de Rodanas, San Frontonio y San José, bajo proyecto del arquitecto Lorenzo Monclús Ramírez. Aquella actuación tuvo además una importancia urbanística enorme: suponía rebasar la acequia de la Hermandad y comenzar a extender Épila hacia terrenos de huerta. Después llegarían nuevas promociones.
En mayo de 1966 ya estaba habitada Santa Rita, mientras Gil Sastre y La Batalla continuaban en construcción o terminación. Posteriormente se levantarían otras viviendas en torno a plaza Infante Felipe, Fueros de Aragón, Doctor Bayo o Galán Bergua. Varias de estas promociones fueron impulsadas mediante cooperativas constituidas por vecinos de Épila. Pero hay otro matiz fundamental.
La historia real fue más compleja que simplemente construir 185 casas y trasladar allí a los habitantes de las cuevas.
Manuel Ballarín Aured recordaba que, pese a lo afirmado por una información periodística de 1966, poca gente procedente directamente de las cuevas terminó viviendo en la barriada que supuestamente debía sustituirlas, construida sobre el antiguo solar del convento de agustinos. Aquella noticia fue polémica y apareció también publicada en el semanario SP.
Por eso sería demasiado sencillo decir que un día Épila cerró las cuevas y sus habitantes recibieron una casa nueva. No ocurrió así. Fue un proceso gradual, complejo y desarrollado durante años.
DE PROBLEMA DE VIVIENDA A PATRIMONIO
Aquí aparece una de las paradojas más interesantes de toda esta historia. Durante buena parte del siglo XX, abandonar las cuevas significaba progreso.
Muchas estaban relacionadas con pobreza, falta de vivienda y profundas diferencias sociales. Las nuevas casas suponían mejores condiciones y un cambio de vida que aquellas familias deseaban y necesitaban.
No debemos, por tanto, idealizar la pobreza ni convertir la necesidad en una postal romántica.
Pero tampoco debemos cometer el error contrario y considerar que, porque aquellas viviendas fueron abandonadas, carecen hoy de valor. Sesenta años después, las cuevas tienen otro significado. Son arquitectura popular. Son patrimonio etnográfico. Son historia social.
Son la huella de cómo varias generaciones de epilenses fueron capaces de excavar una vivienda en la propia montaña, adaptarla, encalarla, ampliarla y convertirla en hogar. Y son, sobre todo, memoria de personas.
¿..QUÉ QUEDA HOY DE AQUELLA ÉPILA..?
Quedan los cabezos. Quedan algunas cuevas. Quedan fotografías. Quedan documentos municipales. Quedan noticias de prensa. Quedan nombres y apellidos.
Y, afortunadamente, todavía quedan personas capaces de recordar aquella vida o de transmitir lo que les contaron sus padres y abuelos. Pero el tiempo corre.
Muchas cuevas han desaparecido, otras han quedado sepultadas, transformadas o deterioradas y cada año resulta más difícil reconocer sobre el terreno aquel paisaje que contemplaban los epilenses de 1840, 1952 o 1966. Por eso quizá haya llegado el momento de afrontar este patrimonio de otra manera.
Antes de intervenir habría que inventariar, localizar, fotografiar, medir y documentar lo que todavía exista; recoger testimonios de antiguos moradores y familiares; identificar fotografías históricas y repetirlas desde el mismo lugar; estudiar cuáles pueden conservarse con seguridad y reconstruir sobre planos cómo estuvieron organizados aquellos barrios. Después podría plantearse algo verdaderamente singular:
Una Ruta Histórica de las Cuevas y los Cabezos de Épila.
Una casa-cueva conservada y ambientada.
Fotografías de sus antiguos habitantes.
Utensilios.
Paneles explicativos.
Testimonios sonoros.
Imágenes de 1952 enfrentadas al paisaje actual.
La historia de quienes las excavaron.
La música y las rondas de los años cincuenta.
El paso desde los cabezos hacia las nuevas barriadas.
Y un recorrido que pudiera culminar en la Cruz del Castillo, contemplando desde arriba el pueblo que terminó creciendo a los pies de aquellas antiguas viviendas.
ÉPILA NO NECESITA INVENTARSE ESTA HISTORIA
Quizá este sea el aspecto más importante. Hay municipios que buscan desesperadamente un elemento que los diferencie. Épila ya lo tiene.
Durante generaciones, una parte extraordinariamente importante de nuestro pueblo vivió dentro de sus montes.
En 1841 encontramos a vecinos solicitando permiso para excavar una vivienda.
En 1846 uno de ellos afirmaba llevar más de veinte años viviendo en una cueva.
En 1849 se decía oficialmente que algunas llevaban ya muchos años construidas.
En 1901 la Cruz se alzaba sobre uno de aquellos cabezos.
En 1952 una fotógrafa alemana retrataba a sus habitantes delante de sus puertas.
En los años cincuenta todavía había rondas y bailes por Manolín y Ballesteros.
Y en los años sesenta, mientras Épila comenzaba a extenderse hacia nuevas barriadas, centenares —y según algunas fuentes, miles— de epilenses continuaban viviendo en aquellas casas excavadas.
No necesitamos adornarlo. La historia ya es extraordinaria por sí misma. Quizá durante demasiado tiempo hemos pasado junto a los cabezos viendo solamente tierra. Pero debajo de esa tierra hubo habitaciones. Dentro de aquellas habitaciones hubo familias.
Y alrededor de aquellas familias hubo una sociedad, unas costumbres y una forma de vida que forman parte inseparable de la historia contemporánea de Épila. Porque las cuevas fueron primero necesidad.
Después fueron hogar. Hoy son historia.
Y si sabemos conservarlas y contarlas, mañana también pueden ser patrimonio, cultura y una de las señas de identidad más singulares de Épila. Donde nosotros vemos hoy un cabezo, generaciones de epilenses vieron su casa, su calle y su barrio. Y quizá esa sea la mejor manera de empezar a mirar nuevamente nuestras cuevas.
A todo ello hay que añadir un dato que demuestra que el problema de la vivienda en Épila venía de mucho antes de 1966. Ya en 1942 aparece documentado oficialmente un proyecto para construir 96 viviendas protegidas en la localidad, promovido por el Ayuntamiento y aprobado por el Instituto Nacional de la Vivienda. Es decir, décadas antes de aquella gran transformación urbana ya existía una preocupación pública por mejorar las condiciones habitacionales de numerosas familias.
También resulta especialmente interesante la descripción que algunas fuentes de 1966 hicieron de las cuevas de Épila. Se hablaba entonces de alrededor de 755 cuevas, unas 700 familias y aproximadamente 2.500 personas viviendo en ellas, una cifra que habría representado cerca de la mitad de la población del municipio. Algunas tenían tres, cuatro o cinco habitaciones, fachadas encaladas y electricidad, e incluso determinadas viviendas disponían ya de agua corriente o televisión.
La importancia del fenómeno era tal que la ribera del Jalón llegó a ser descrita en aquella documentación como “la ruta de las cuevas en Aragón”, destacándose además que en ninguna de aquellas localidades este tipo de vivienda alcanzaba la proporción existente en Épila.
Otro detalle poco conocido es que, tras el abandono progresivo de muchas cuevas, se llegó a plantear la plantación de pinos en los terrenos anteriormente ocupados por ellas, dentro de la profunda transformación que se pretendía realizar en los cabezos.
Pero la historia de las cuevas tampoco terminó con las viviendas construidas en 1966. En 2002, más de tres décadas después, el Gobierno de Aragón y el Ayuntamiento de Épila firmaron un convenio destinado a la rehabilitación de quince viviendas-cueva, con una inversión de 90.150 euros, actuándose en zonas como los cabezos del Calvario, Paños, Castillo, Manolín y Ballesteros, además de la calle Condesa.
Este dato resulta especialmente significativo: mientras una parte de las cuevas había desaparecido o dejado de utilizarse como vivienda, otras continuaban formando parte de la realidad urbana de Épila ya entrado el siglo XXI.
Por eso, la historia de las cuevas de Épila no puede limitarse únicamente al abandono de este tipo de vivienda en los años sesenta. Es una historia mucho más larga, que atraviesa buena parte del siglo XX y llega hasta nuestros días: primero como solución habitacional para cientos de familias, después como problema social y urbanístico y, finalmente, como un patrimonio histórico que merece ser documentado, estudiado y conservado.
Lo que durante generaciones fue simplemente el hogar de cientos de epilenses es hoy también una parte irrepetible de la historia y del paisaje de Épila.



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