Hay una pregunta que prácticamente todos hemos escuchado alguna vez cuando llegan las fiestas de septiembre: «Las fiestas de antes eran mejores». Pero ¿..es realmente así..?
Boletín Oficial de la Provincia de Zaragoza: Número 140. 02 de Septiembre 1860. Fiestas de Épila.
Y
si dentro de los últimos cien años hubiera que escoger un año especialmente
extraordinario, hay uno que destaca con fuerza.
1965: probablemente el gran año
simbólico
No
podemos demostrar matemáticamente que las fiestas de 1965 fueran «las mejores
de la historia». Para hacerlo necesitaríamos comparar uno por uno todos los
programas, presupuestos, participación y acontecimientos de prácticamente un
siglo.
Pero,
por todo lo que conocemos, 1965 es uno de los candidatos más sólidos al
título de gran año festivo de Épila.
Y
no únicamente por la cantidad de actos.
El
motivo es mucho más profundo.
Aquel
septiembre, Épila no se limitó a celebrar sus fiestas: Épila se mostró a sí
misma.
El
16 de septiembre de 1965 tuvo lugar la extraordinaria Fiesta del
Azúcar y de la Provincia.
La
importancia de la Azucarera para varias generaciones de epilenses se trasladó
directamente a las fiestas. Hubo carrozas concebidas alrededor de aquella
identidad industrial y agrícola. Una de ellas mostraba representaciones de la
Azucarera realizadas por Jesús de la Concepción; otra tenía como elemento
central un enorme azucarero.
Hubo
misa solemne, actos institucionales, proclamación de Reina y Damas, celebración
en el Cine Avenida y presencia de autoridades.
Antonio
Beltrán Martínez, una de las figuras más destacadas de la arqueología y la
prehistoria aragonesa y entonces vicepresidente de la Diputación Provincial,
ejerció como pregonero. También encontramos fotografías de gigantes y cabezudos
participando en aquella Fiesta del Azúcar. Pero lo realmente extraordinario no
estaba únicamente en el programa.
1965 representa a un pueblo orgulloso de lo que era. La agricultura, el azúcar, la industria, las tradiciones, las
carrozas, la música, los jóvenes, los mayores, las autoridades y los propios
vecinos formaban parte de una misma celebración. Era Épila enseñando Épila. Y
quizás ahí encontremos una de las grandes diferencias con las fiestas actuales.
1974: unas fiestas
extraordinariamente completas
Pero
si buscamos variedad y duración, aparece otro año extraordinario: 1974.
Las
fiestas se desarrollaron durante siete días, del 16 al 22 de septiembre. La
oferta resulta sorprendente incluso vista desde nuestros días.
Gigantes y cabezudos, banda de cornetas y tambores, majorettes,
carrozas, jotas, certámenes, teatro, exposiciones fotográficas, actividades
deportivas, ciclismo, pelota, barra y bola aragonesa, fútbol, tiro al plato y
diferentes competiciones. El Cine Avenida, con sus centenares de localidades,
formaba también parte de aquella vida festiva. A ello se sumaban las orquestas
y actividades organizadas en lugares como Las Vegas, el Casino Artístico o el
Casino de la Amistad. Había además novilladas y espectáculos populares como El
Empastre.
Por
eso podríamos establecer una diferencia. 1965 representa especialmente bien
la fiesta identitaria y simbólica. 1974 representa magníficamente la fiesta
extensa, variada y repartida por multitud de espacios y colectivos.
1999: la fuerza de las peñas
Pero
sería un error pensar que las grandes fiestas terminaron en los años sesenta o
setenta.
La
fiesta simplemente fue transformándose.
Y
1999 representa perfectamente otra etapa.
A
finales del siglo XX las peñas habían adquirido un protagonismo extraordinario.
Encontramos gigantes, cabezudos, el Tren del Estanquero, festejos taurinos,
concursos de recortadores, bandas, orquestas, música, cine, espectáculos de
variedades, fútbol, deportes tradicionales y multitud de actividades impulsadas
por establecimientos, asociaciones y peñas.
Aquel
año también se instituyó el nombramiento de Reyes de Peñas. Incluso
surgieron iniciativas tan peculiares y recordadas como el descenso del río
Jalón organizado por Os Estalentaus.
Era
otra fiesta. Ni mejor ni peor por definición. Otra forma de vivir Épila.
Y si retrocedemos hasta los años
treinta…
Las
fiestas anteriores a la Guerra Civil también nos dejan escenas extraordinarias.
En
1934, por ejemplo, encontramos documentadas importantes competiciones
deportivas y una gran carrera pedestre por las calles del municipio, con
premios económicos muy considerables para aquella época.
Y
1935 fue especialmente significativo. Aquellas fiestas coincidieron con la
inauguración de las nuevas escuelas Mariano Gaspar Remiro, construidas para
mejorar unas instalaciones educativas que habían quedado claramente
insuficientes.
Esto
nos revela algo muy interesante.
Durante
décadas las fiestas no consistían únicamente en música, baile o
entretenimiento. Las fiestas eran también el momento de presentar las
mejoras del pueblo.
Se
inauguraban escuelas. Instalaciones. Obras. Equipamientos. Se realizaban
homenajes. Se enseñaba lo conseguido durante el año.
Las
fiestas eran, de alguna manera, el gran escaparate de Épila. Y
probablemente eso contribuía enormemente a su importancia.
Entonces, ¿eran mejores las fiestas de antes?
Aquí
llegamos a la verdadera pregunta.
Y
la respuesta probablemente sea: En unas cosas sí. En otras, no.
Las
fiestas actuales disponen de medios que nuestros abuelos difícilmente podían
imaginar.
Tenemos
grandes equipos de sonido, iluminación, escenarios, conciertos, orquestas,
actividades infantiles, programación taurina, peñas, actos religiosos, jotas,
gigantes y cabezudos, carrozas, fuegos artificiales y una capacidad técnica
muchísimo mayor.
Por
tanto, sería injusto afirmar simplemente: «Antes había fiestas y ahora no».
No es cierto.
Pero
sí existe una diferencia fundamental.
Antes las fiestas competían con
muchas menos cosas
Durante
buena parte del siglo XX no había teléfonos móviles.
No
existían redes sociales.
No
había plataformas con miles de películas disponibles instantáneamente.
No
podíamos escuchar cualquier canción en cualquier momento.
No
viajábamos con la misma facilidad.
No
existía una oferta permanente de ocio como la actual.
Y
por eso las fiestas eran realmente el acontecimiento del año.
Se
esperaban durante meses.
La
llegada de una buena orquesta podía convertirse en un acontecimiento
extraordinario.
Una
película podía llenar centenares de butacas del cine.
La
llegada de las atracciones transformaba durante unos días el paisaje habitual
del pueblo.
Las
calles cambiaban. La rutina se rompía. Y todo parecía especial.
Hoy
podemos disponer de más potencia, más tecnología y probablemente más medios
económicos. Pero tenemos algo mucho más difícil de conseguir: capacidad de
sorprendernos.
De espectadores a protagonistas
Pero
existe una diferencia todavía más profunda.
Antes
había muchísimas personas haciendo pequeñas cosas dentro de las fiestas.
El
que preparaba una carroza. El que participaba en una rondalla. El que corría
una carrera. El que jugaba un partido. El comerciante que colaboraba. El casino
que organizaba su propia actividad. Los músicos. Los fotógrafos. Las
asociaciones. Las peñas. Los gigantes. Los cabezudos. Los vecinos preparando
durante días algo que después disfrutaría todo el pueblo.
La
fiesta estaba repartida entre muchísimas manos.
Y
quizá sea precisamente eso lo que realmente añoramos cuando pronunciamos
aquella frase: «Antes las fiestas eran mejores».
Quizá
no recordamos solamente el espectáculo. Recordamos que conocíamos a las
personas que estaban haciendo la fiesta.
También recordamos nuestra propia
juventud
Existe
además un componente imposible de separar de cualquier recuerdo festivo:
nuestra propia vida.
Quien
recuerda las fiestas de hace cuarenta años ó más no recuerda únicamente un programa.
Recuerda
a sus amigos. A sus padres. A sus abuelos. A personas que quizá ya no están.
Recuerda
un primer amor. Una noche determinada. Una canción. Un bar. Una peña. Una
carroza. El olor de una calle. Una orquesta. La primera vez que pudo regresar
tarde a casa.
Todo
eso queda mezclado con las fiestas.
Por
eso casi todas las generaciones terminan pensando que las mejores fiestas
fueron precisamente las de su juventud.
Y posiblemente dentro de cuarenta años haya personas que hoy son jóvenes diciendo: «Vosotros no sabéis cómo eran las fiestas de Épila en 2026».
No necesitamos volver a 1965
Después
de recorrer un siglo de fiestas, quizá la conclusión más interesante no sea
decidir si las mejores fueron las de 1965, 1974, 1999 o cualquier otro año. La
verdadera pregunta podría ser otra: ¿Qué tenían aquellas fiestas que
podríamos recuperar actualmente?
No
necesitamos regresar tecnológicamente a 1965. No necesitamos renunciar a los
grandes escenarios, los conciertos, la seguridad, los medios actuales ni las
nuevas formas de diversión.
Pero
sí podríamos intentar recuperar algo de aquella densidad humana.
Más
asociaciones haciendo cosas. Más vecinos creando. Más actividades pequeñas. Más
cultura. Más deporte popular. Más exposiciones. Más concursos. Más tradición.
Más colaboración entre generaciones. Más espacios donde los vecinos no
solamente acudan a mirar, sino donde puedan participar.
Porque
quizá ahí se encuentre una parte importante del secreto. Las fotografías
antiguas no transmiten vida solamente porque hubiera mucha gente. Transmiten
vida porque buena parte de aquellas personas tenían algo que hacer dentro de
la fiesta.
Y
por eso terminaría el balance de estos cien años con una frase: Una fiesta
no se hace grande por los vatios que enciende, sino por la cantidad de personas
que consigue encender por dentro y convertir en protagonistas.
Épila no tiene por qué elegir entre pasado y futuro. Puede quedarse con
la capacidad técnica del presente, pero recuperar del pasado esa sensación de
que durante unos días todo el pueblo está haciendo la fiesta, y no solo
asistiendo a ella.
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