domingo, 20 de septiembre de 2026

¿..Fueron mejores las fiestas de Épila de antes..? Un viaje por cien años de celebraciones.

 

Hay una pregunta que prácticamente todos hemos escuchado alguna vez cuando llegan las fiestas de septiembre: «Las fiestas de antes eran mejores». Pero ¿..es realmente así..?

Boletín Oficial de la Provincia de Zaragoza: Número 140.  02 de Septiembre 1860. Fiestas de Épila. 

Décadas de 1860 y 1870 (Primeras reseñas informativas): Los diarios provinciales más antiguos, como el Diario de Avisos de Zaragoza, empezaron a publicar crónicas breves enviadas por corresponsales locales. Estas notas informaban de que el Ayuntamiento ya tenía listo el programa y adelantaban los actos principales (misas solemnes, orquestas y las tradicionales vaquillas).
Décadas de 1880 y 1890 (Programas detallados por días): En este periodo, los periódicos generalistas y la prensa regionalizada comenzaron a transcribir de forma íntegra los edictos y programas oficiales que remitía el propio Ayuntamiento de Épila. Se desglosaban los horarios de las verbenas, las corridas de toros y los actos religiosos de los días dedicados a San Pedro Arbués y San Frontonio.
Cuando uno empieza a mirar fotografías antiguas, programas de fiestas, noticias de prensa, recuerdos y documentos de distintas épocas, la respuesta resulta bastante más compleja. Porque quizás la cuestión no sea simplemente decidir si las fiestas antiguas eran mejores o peores que las actuales, sino preguntarnos qué tenían aquellas fiestas para haber quedado tan profundamente grabadas en la memoria colectiva de Épila.

Y si dentro de los últimos cien años hubiera que escoger un año especialmente extraordinario, hay uno que destaca con fuerza.

1965: probablemente el gran año simbólico

No podemos demostrar matemáticamente que las fiestas de 1965 fueran «las mejores de la historia». Para hacerlo necesitaríamos comparar uno por uno todos los programas, presupuestos, participación y acontecimientos de prácticamente un siglo.

Pero, por todo lo que conocemos, 1965 es uno de los candidatos más sólidos al título de gran año festivo de Épila.

Y no únicamente por la cantidad de actos.

El motivo es mucho más profundo.

Aquel septiembre, Épila no se limitó a celebrar sus fiestas: Épila se mostró a sí misma.

El 16 de septiembre de 1965 tuvo lugar la extraordinaria Fiesta del Azúcar y de la Provincia.

La importancia de la Azucarera para varias generaciones de epilenses se trasladó directamente a las fiestas. Hubo carrozas concebidas alrededor de aquella identidad industrial y agrícola. Una de ellas mostraba representaciones de la Azucarera realizadas por Jesús de la Concepción; otra tenía como elemento central un enorme azucarero.

Hubo misa solemne, actos institucionales, proclamación de Reina y Damas, celebración en el Cine Avenida y presencia de autoridades.

Antonio Beltrán Martínez, una de las figuras más destacadas de la arqueología y la prehistoria aragonesa y entonces vicepresidente de la Diputación Provincial, ejerció como pregonero. También encontramos fotografías de gigantes y cabezudos participando en aquella Fiesta del Azúcar. Pero lo realmente extraordinario no estaba únicamente en el programa.

1965 representa a un pueblo orgulloso de lo que era. La agricultura, el azúcar, la industria, las tradiciones, las carrozas, la música, los jóvenes, los mayores, las autoridades y los propios vecinos formaban parte de una misma celebración. Era Épila enseñando Épila. Y quizás ahí encontremos una de las grandes diferencias con las fiestas actuales.

1974: unas fiestas extraordinariamente completas

Pero si buscamos variedad y duración, aparece otro año extraordinario: 1974.

Las fiestas se desarrollaron durante siete días, del 16 al 22 de septiembre. La oferta resulta sorprendente incluso vista desde nuestros días.

Gigantes y cabezudos, banda de cornetas y tambores, majorettes, carrozas, jotas, certámenes, teatro, exposiciones fotográficas, actividades deportivas, ciclismo, pelota, barra y bola aragonesa, fútbol, tiro al plato y diferentes competiciones. El Cine Avenida, con sus centenares de localidades, formaba también parte de aquella vida festiva. A ello se sumaban las orquestas y actividades organizadas en lugares como Las Vegas, el Casino Artístico o el Casino de la Amistad. Había además novilladas y espectáculos populares como El Empastre.

Por eso podríamos establecer una diferencia. 1965 representa especialmente bien la fiesta identitaria y simbólica. 1974 representa magníficamente la fiesta extensa, variada y repartida por multitud de espacios y colectivos.

1999: la fuerza de las peñas

Pero sería un error pensar que las grandes fiestas terminaron en los años sesenta o setenta.

La fiesta simplemente fue transformándose.

Y 1999 representa perfectamente otra etapa.

A finales del siglo XX las peñas habían adquirido un protagonismo extraordinario. Encontramos gigantes, cabezudos, el Tren del Estanquero, festejos taurinos, concursos de recortadores, bandas, orquestas, música, cine, espectáculos de variedades, fútbol, deportes tradicionales y multitud de actividades impulsadas por establecimientos, asociaciones y peñas.

Aquel año también se instituyó el nombramiento de Reyes de Peñas. Incluso surgieron iniciativas tan peculiares y recordadas como el descenso del río Jalón organizado por Os Estalentaus.

Era otra fiesta. Ni mejor ni peor por definición. Otra forma de vivir Épila.

Y si retrocedemos hasta los años treinta…

Las fiestas anteriores a la Guerra Civil también nos dejan escenas extraordinarias.

En 1934, por ejemplo, encontramos documentadas importantes competiciones deportivas y una gran carrera pedestre por las calles del municipio, con premios económicos muy considerables para aquella época.

Y 1935 fue especialmente significativo. Aquellas fiestas coincidieron con la inauguración de las nuevas escuelas Mariano Gaspar Remiro, construidas para mejorar unas instalaciones educativas que habían quedado claramente insuficientes.

Esto nos revela algo muy interesante.

Durante décadas las fiestas no consistían únicamente en música, baile o entretenimiento. Las fiestas eran también el momento de presentar las mejoras del pueblo.

Se inauguraban escuelas. Instalaciones. Obras. Equipamientos. Se realizaban homenajes. Se enseñaba lo conseguido durante el año.

Las fiestas eran, de alguna manera, el gran escaparate de Épila. Y probablemente eso contribuía enormemente a su importancia.

Entonces, ¿eran mejores las fiestas de antes?

Aquí llegamos a la verdadera pregunta.

Y la respuesta probablemente sea: En unas cosas sí. En otras, no.

Las fiestas actuales disponen de medios que nuestros abuelos difícilmente podían imaginar.

Tenemos grandes equipos de sonido, iluminación, escenarios, conciertos, orquestas, actividades infantiles, programación taurina, peñas, actos religiosos, jotas, gigantes y cabezudos, carrozas, fuegos artificiales y una capacidad técnica muchísimo mayor.

Por tanto, sería injusto afirmar simplemente: «Antes había fiestas y ahora no». No es cierto.

Pero sí existe una diferencia fundamental.

Antes las fiestas competían con muchas menos cosas

Durante buena parte del siglo XX no había teléfonos móviles.

No existían redes sociales.

No había plataformas con miles de películas disponibles instantáneamente.

No podíamos escuchar cualquier canción en cualquier momento.

No viajábamos con la misma facilidad.

No existía una oferta permanente de ocio como la actual.

Y por eso las fiestas eran realmente el acontecimiento del año.

Se esperaban durante meses.

La llegada de una buena orquesta podía convertirse en un acontecimiento extraordinario.

Una película podía llenar centenares de butacas del cine.

La llegada de las atracciones transformaba durante unos días el paisaje habitual del pueblo.

Las calles cambiaban. La rutina se rompía. Y todo parecía especial.

Hoy podemos disponer de más potencia, más tecnología y probablemente más medios económicos. Pero tenemos algo mucho más difícil de conseguir: capacidad de sorprendernos.

De espectadores a protagonistas

Pero existe una diferencia todavía más profunda.

Antes había muchísimas personas haciendo pequeñas cosas dentro de las fiestas.

El que preparaba una carroza. El que participaba en una rondalla. El que corría una carrera. El que jugaba un partido. El comerciante que colaboraba. El casino que organizaba su propia actividad. Los músicos. Los fotógrafos. Las asociaciones. Las peñas. Los gigantes. Los cabezudos. Los vecinos preparando durante días algo que después disfrutaría todo el pueblo.

La fiesta estaba repartida entre muchísimas manos.

Y quizá sea precisamente eso lo que realmente añoramos cuando pronunciamos aquella frase: «Antes las fiestas eran mejores».

Quizá no recordamos solamente el espectáculo. Recordamos que conocíamos a las personas que estaban haciendo la fiesta.

También recordamos nuestra propia juventud

Existe además un componente imposible de separar de cualquier recuerdo festivo: nuestra propia vida.

Quien recuerda las fiestas de hace cuarenta años ó más  no recuerda únicamente un programa.

Recuerda a sus amigos. A sus padres. A sus abuelos. A personas que quizá ya no están.

Recuerda un primer amor. Una noche determinada. Una canción. Un bar. Una peña. Una carroza. El olor de una calle. Una orquesta. La primera vez que pudo regresar tarde a casa.

Todo eso queda mezclado con las fiestas.

Por eso casi todas las generaciones terminan pensando que las mejores fiestas fueron precisamente las de su juventud.

Y posiblemente dentro de cuarenta años haya personas que hoy son jóvenes diciendo: «Vosotros no sabéis cómo eran las fiestas de Épila en 2026».

No necesitamos volver a 1965

Después de recorrer un siglo de fiestas, quizá la conclusión más interesante no sea decidir si las mejores fueron las de 1965, 1974, 1999 o cualquier otro año. La verdadera pregunta podría ser otra: ¿Qué tenían aquellas fiestas que podríamos recuperar actualmente?

No necesitamos regresar tecnológicamente a 1965. No necesitamos renunciar a los grandes escenarios, los conciertos, la seguridad, los medios actuales ni las nuevas formas de diversión.

Pero sí podríamos intentar recuperar algo de aquella densidad humana.

Más asociaciones haciendo cosas. Más vecinos creando. Más actividades pequeñas. Más cultura. Más deporte popular. Más exposiciones. Más concursos. Más tradición. Más colaboración entre generaciones. Más espacios donde los vecinos no solamente acudan a mirar, sino donde puedan participar.

Porque quizá ahí se encuentre una parte importante del secreto. Las fotografías antiguas no transmiten vida solamente porque hubiera mucha gente. Transmiten vida porque buena parte de aquellas personas tenían algo que hacer dentro de la fiesta.

Y por eso terminaría el balance de estos cien años con una frase: Una fiesta no se hace grande por los vatios que enciende, sino por la cantidad de personas que consigue encender por dentro y convertir en protagonistas.

Épila no tiene por qué elegir entre pasado y futuro. Puede quedarse con la capacidad técnica del presente, pero recuperar del pasado esa sensación de que durante unos días todo el pueblo está haciendo la fiesta, y no solo asistiendo a ella.

Peña Atómica, 18 Septiembre 1954.
Primera peña "oficial" de las fiestas de Épila, ubicada en la Plaza de España, 7
Pepe Carrero les dedicó una jota:

Esta es la peña Atómica
hombres de mucho talento
porque viven a lo loco
junto al Ayuntamiento.
Un pequeño homenaje a todas las peñas del pueblo.

Fotografía de 1953 en los actos festivos de las fiestas de septiembre 1953

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