🎬 Ambos Mundos: cuando Épila soñaba con la modernidad.
Hubo un tiempo en que las noches de Épila se iluminaban con el resplandor de una pantalla de cine, el sonido de una orquesta o el bullicio de un baile de carnaval. Un tiempo en el que nuestro pueblo, lejos de permanecer aislado, miraba con ilusión hacia la modernidad que recorría España. Uno de los mejores símbolos de aquella época fue, sin duda, el Cine-Teatro Ambos Mundos.
Según recoge Manuel Ballarín Aured en su obra Un paso adelante, cien atrás. Épila, 1931-1939, el Ambos Mundos abrió sus puertas en 1932, en la calle Condesa, impulsado por el emprendedor Épilense Pedro Giménez Lorente. Su llegada supuso un auténtico revulsivo cultural para la Villa, que hasta entonces contaba principalmente con el Cine-Teatro Principal como gran espacio de espectáculos.
Su propio nombre ya era toda una declaración de intenciones. "Ambos Mundos" evocaba modernidad, cosmopolitismo y un aire de gran ciudad. En aquellos años muchos negocios buscaban nombres que sonaran modernos y elegantes, reflejando una sociedad que quería avanzar y abrirse al futuro.
Pero el Ambos Mundos fue mucho más que un cine.
Sus paredes acogieron proyecciones cinematográficas, representaciones teatrales, espectáculos de varietés, funciones de zarzuela y numerosos actos festivos. Durante las fiestas patronales y el carnaval se convertía en uno de los centros neurálgicos de la diversión Épilense, rivalizando directamente con otros espacios de ocio de la localidad.
Las crónicas periodísticas de la época describen una Épila sorprendentemente dinámica. Los bailes se sucedían, las calles se llenaban de máscaras durante el carnaval y los locales rebosaban actividad. El Ambos Mundos era uno de esos lugares donde los vecinos se encontraban, conversaban, reían y compartían momentos que terminarían formando parte de la memoria colectiva del pueblo.
Situado en una de las zonas más concurridas de la localidad, cerca del entorno de las Cuatro Esquinas, formaba parte de un auténtico corredor de ocio y encuentro social. Allí acudían agricultores, obreros, comerciantes, jóvenes y familias enteras para disfrutar de una oferta cultural que hoy podría sorprender a muchos.
Lo que quizá más sorprenda al lector actual es comprobar que la Épila de los años treinta estaba mucho más conectada con las corrientes culturales de su tiempo de lo que solemos imaginar. El Ambos Mundos no era únicamente un cine o un teatro: era un escaparate de novedades, modas y formas de ocio que llegaban desde Zaragoza, Madrid o Barcelona.
Y no todas estaban exentas de polémica.
El propio libro menciona que algunos establecimientos de ocio de la época fueron objeto de comentarios y escándalos por ofrecer espectáculos considerados atrevidos para aquellos años. Se habla incluso de sesiones de strip-tease y de proyecciones que causaron revuelo entre los sectores más conservadores de la sociedad local. Lo que hoy podría parecernos algo anecdótico, hace casi un siglo daba mucho que hablar en las tertulias de las esquinas, los cafés y los casinos.
No resulta difícil imaginar a más de un joven Épilense buscando cualquier excusa para acercarse al Ambos Mundos cuando se anunciaba alguna novedad. Ni tampoco imaginar a más de un padre o una madre frunciendo el ceño ante aquellas costumbres modernas que parecían llegar a la villa desde las grandes ciudades.
Porque el Ambos Mundos era también eso: un punto de encuentro entre dos formas de entender la vida. La tradición convivía con la modernidad. Mientras unos acudían para ver una película, escuchar una zarzuela o asistir a una representación teatral, otros buscaban la emoción de descubrir aquello que rompía con las costumbres de siempre.
Durante los carnavales, además, el local cobraba una vida especial. Las máscaras ocultaban identidades, los bailes se prolongaban hasta altas horas de la madrugada y las orquestas ponían banda sonora a una de las fiestas más esperadas del año. Entre valses, pasodobles y alguna mirada furtiva, seguro que nacieron amistades, noviazgos e historias que nunca quedaron reflejadas en los periódicos, pero sí en la memoria de quienes las vivieron.
En una época sin televisión, sin internet y sin teléfonos móviles, lugares como el Ambos Mundos cumplían una función mucho más importante de la que hoy podríamos imaginar. Eran lugares para reunirse, divertirse, conocer gente, enamorarse y sentirse parte de una comunidad.
Resulta difícil imaginar hoy la emoción que suponía asistir a una de aquellas sesiones cinematográficas. Para muchos vecinos era la única oportunidad de asomarse a otros lugares del mundo, contemplar ciudades lejanas, escuchar nuevas músicas o descubrir historias que despertaban la imaginación.
Por eso el Ambos Mundos fue mucho más que un edificio. Fue un símbolo de una época, un referente cultural para varias generaciones y una muestra de que la vida social de la Épila de los años treinta era mucho más rica, moderna y vibrante de lo que a menudo pensamos.
Hoy apenas quedan recuerdos materiales de aquel lugar, pero las páginas de la historia nos permiten devolverle el protagonismo que tuvo y recordar que, mucho antes de las redes sociales, las plataformas digitales o los centros comerciales, los epilenses ya tenían su propia ventana al mundo.
Y esa ventana se llamaba Ambos Mundos.
📜 Basado en la obra de Manuel Ballarín Aured, "Un paso adelante, cien atrás. Épila, 1931-1939", y en las crónicas de prensa de la época recopiladas por el autor

La Voz de Aragón: diario gráfico independiente: Año XI, Número 2906 - Viernes 22 de Marzo de 1935 (1935-03-22) -





